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Como templos de Dios

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«¿Acaso no sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios está en vosotros?» (1 Corintios 3: 16).

SER TEMPLO DE DIOS es un privilegio para cada creyente, porque evoca propiedad. Así que somos propiedad de Dios. Pablo usó la palabra griega naós, la misma que se usó para describir el Lugar Santo y el Santísimo del Santuario terrenal, donde se manifestaba constantemente la gloria de Dios. Además, el texto dice que el Espíritu Santo está en nosotros. La Biblia en Lenguaje Actual lo expresa de este modo: «El Espíritu de Dios vive en ustedes». Así como el Santuario estaba separado de todo lo común (profano), también el creyente, como templo de Dios, debe estar separado de todo lo común y profano, porque Dios vive en su corazón. Está en el mundo, pero no es del mundo, pasa por el fango, mas no se impregna de este. Vive para Dios porque a él le pertenece.

El apóstol Pablo amplía este pensamiento al decir: «El mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo» (1 Tesalonicenses 5: 23). El hombre entero debe ser santificado, su mente, sus pensamientos, su corazón y sus energías, por la presencia de Cristo y su Santo Espíritu. Sus facultades vitales no deben consumirse en prácticas concupiscentes.

La voluntad de Dios se ha convertido en su voluntad: pura, elevada, refinada y santificada. Su rostro revela la luz del cielo. Su cuerpo es un templo adecuado para el Espíritu Santo. La santidad adorna su carácter Dios puede tener comunión con él, pues el alma y el cuerpo están en armonía con Dios (E. G. White, carta 139, l898).

Ya que todos nuestros actos, buenos o malos, tienen origen en la mente, esta debe ser santificada por la presencia del Espíritu Santo. La mente «es la que adora a Dios y nos une con los seres celestiales» (White, Conducción del niño, pág. 338).

Si tratamos nuestro cuerpo como lo que es (templo de Dios), entonces recibiremos bendiciones físicas, emocionales y espirituales. Que nuestra oración sea: «Señor, te entrego todo mi cuerpo para que lo sanes, lo cuides y lo santifiques, para que habites en mí. Amén».


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