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Perseverar y no retroceder

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«"El justo vivirá por fe; pero si retrocede, no agradará a mi alma”. Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma» (Hebreos 10: 38, 39).

LA PERSEVERANCIA es el distintivo de los santos. El tiempo es lluvioso, húmedo y muy ventoso, pero debemos seguir, pues el fin está garantizado. El camino es muy difícil, pasa por colinas y valles, respiramos agitadamente y nos duelen las piernas, pero llegaremos al fin del camino, proseguimos a la meta.

¿Cómo conoces al ganador de una carrera? Aquí están los espectadores y allá están los corredores. ¡Qué hombres tan fuertes! ¡Qué músculos tan magníficos! ¡Qué fortaleza y qué vigor! Allá está la meta, y allí es donde debes juzgar quién es el ganador, no en el punto de partida. «¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis» (1 Corintios 9: 24). Podrías seleccionar a este o aquél como probable ganador, pero no puedes tener absoluta certeza hasta que la carrera haya terminado. Mira cómo se esfuerzan estirando sus músculos. Pero uno ha tropezado, otro se desmaya, un tercero se queda sin aliento, y otros se quedan muy atrás. Solamente gana uno, ¿quién? El que continuó hasta el fin.

Basándose en los juegos de antaño, Pablo afirma que solamente aquel que continúe hasta alcanzar la meta podrá ser considerado cristiano del todo. Sin perseverancia no hay salvación. Perseveremos en el camino de la gracia de Cristo Jesús, miremos al faro fijamente, «puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe» (Hebreos 12: 2). ¿Tienes alguna dificultad? Debes conquistarla. No retrocedas, sino sigue adelante, a la meta, allí está Jesús para coronar la victoria que ganes a su lado. Hoy te insto con las palabras de Pablo: «Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible» (1 Corintios 9: 24, 25).

A medida que pasa el tiempo, el camino se hace más escabroso, peligroso y difícil, pero si logramos cruzar todas esas barreras a lado de nuestro Señor Jesucristo, llegaremos a la meta. El Evangelio de Marcos nos asegura: «Seréis odiados por todos por causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el fin, este será salvo» (Marcos 13: 13).


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