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Gracia ante los ojos de Dios

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«Si he hallado gracia a tus ojos, te ruego que me muestres ahora tu camino, para que te conozca y halle gracia a tus ojos; y mira que esta gente es tu pueblo» (Éxodo 33: 13).

MOISÉS halló gracia ante los ojos de Dios al acercarse humildemente a él y hablarle cara a cara. Dios le dijo: «Yo te he conocido por tu nombre y has hallado también gracia a mis ojos» (Éxodo 33: 12). Hallar gracia ante los ojos de Dios es sumamente especial, porque así es como él nos acepta para su reino eterno, permanece a nuestro lado, conduce nuestra vida por el camino recto y nos libra de todo mal. Significa también ser aceptados como sus hijos sin merecerlo. Sin mérito alguno, se acerca, perdona nuestros pecados, nos limpia de toda maldad y nos dice: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar» (Mateo 11: 28).

Cuando nuestro Señor Jesucristo ascendió la cuesta del Calvario por la vía dolorosa de Jerusalén, Simón de Cirene lo ayudó a llevar la cruz. Al llegar allí, se encontró que otros iban a ser crucificados con él. Pusieron su cruz en medio de ellos; aquellos gemían de dolor físico por el maltrato que estaban recibiendo, Jesús gemía de dolor por nuestra salvación. Cuando los crucificaron, uno de los malhechores injuriaba a Jesús diciendo: «Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros». El otro dijo: «Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Entonces Jesús le dijo: “De cierto te digo hoy que estarás conmigo en el paraíso"» (Lucas 23: 39, 41-43). Jesús tuvo compasión de él, y por esa compasión recibió la seguridad de la vida eterna.

El apóstol Pablo describió la gracia de Dios como el poder que lo restauró y como el medio para llegar a ser apóstol de Jesucristo. «Por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos, pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo» (1 Corintios 15: 10). Cuando la gracia te alcanza, te transformas, redimes y quedas bajo el abrigo del Altísimo. «El alma que responda a la gracia de Dios será como un jardín regado. Su salud brotará rápidamente; su luz saldrá en la oscuridad, y la gloria del Señor le acompañará» (E. G. White, El Deseado de todas las gentes, pág. 314).

No dejemos de orar para que Dios nos imparta la fuerza y la gracia a fin de resistir toda tentación. Que la gracia de Cristo cubra nuestra vida.


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