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Un testimonio fiel

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«Regresó Noemí y con ella su nuera, Rut, la moabita. Salieron de los campos de Moab y llegaron a Belén al comienzo de la cosecha de la cebada» (Rut 1: 22).

NOEMÍ ERA UNA MUJER DE FE, piedad, humildad y laboriosidad, y cuando decidió ir a Belén de Judea, les pidió a sus dos nueras que regresaran con sus padres. La costumbre hebrea decía que cuando una mujer quedaba viuda y estaba entrada en años, era deber de sus familiares cuidar de ella. Noemí fue una suegra ideal, un ejemplo digno a seguir. Una mujer que prefirió sacrificarse ella misma, antes que a los demás, en este caso, a sus nueras. Ella quería lo mejor para ellas, por eso insistió en que regresaran a sus hogares originales y se casaran de nuevo, a fin de que tuvieran descanso y paz en sus vidas.

En la vida de Noemí se reflejaba la semejanza de Cristo. E. G. White menciona que buscar el bienestar de otros es «la ley de la vida para la tierra y el cielo» (E. G. White, El Deseado de todas las gentes, p. 11). No hay mayor poder que la influencia ejercida por una vida abnegada. «Un cristiano bondadoso y cortés es el argumento más poderoso que se pueda presentar en favor del cristianismo» (White, Obreros evangélicos, p. 128). Por eso, se dice que «tu vida habla más que tus palabras».

Rut no podía pensar en separarse de aquella persona cuya belleza de carácter le había inspirado altos ideales, y le había dado algo que hacía la vida digna de ser vivida. Había descubierto que era la fe de Noemí lo que hacía de ella una mujer tan admirable. Resueltamente, Rut expresó su decisión por el verdadero Dios: «Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios» (Rut 1: 16). El único conocimiento que Rut tenía del Dios verdadero era el que había visto reflejado en Noemí. Dios siempre se revela de ese modo a los hombres: mediante la demostración del poder de su amor que obra en la vida de los que una vez fueron pecadores. El poder transformador del amor divino es el mejor argumento en favor de la verdad. Sin él, nuestra profesión no será mejor que «metal que resuena o címbalo que retiñe» (1 Corintios 13: 1).

Oremos hoy a Dios pidiéndole que transforme nuestra vida en un testimonio tan fiel como fue la vida de Noemí.


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