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Una vida convertida

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«Donde tú mueras, moriré yo y allí seré sepultada. Traiga Jehová sobre mí el peor de los castigos, si no es solo la muerte lo que hará separación entre nosotras dos» (Rut 1: 17).

RUT CONOCIÓ A DIOS por una vida verdaderamente cristiana. Creyó n el Dios de Noemí, el Dios del pueblo de Israel, un Dios creador, todopoderoso, que hizo muchos milagros a favor de su pueblo y que no escatima bendiciones para todo aquel que le sirve y le obedece con fe.

Cuando llegó al campo de Booz, Rut halló gracia delante de él hasta el grado de ser redimida y restaurada a la familia. Él, reconociendo su sacrificio, le dijo: «He sabido todo lo que has hecho con tu suegra después de la muerte de tu marido, y cómo has dejado a tu padre y a tu madre, y la tierra donde naciste, para venir a un pueblo que no conocías» (Rut 2: 11).

Únicamente una vida de verdad convertida puede hacer lo que Rut: dejar absolutamente todo para aceptar el Dios. Las Escrituras demuestran que ella era una mujer obediente, podemos notarlo por ejemplo en lo que le dijo su suegra: «Haré todo lo que tú me mandes» (Rut 3: 5). Además, Booz dijo de ella: «Toda la gente de mi pueblo sabe que eres mujer virtuosa» (vers. 11). Las mujeres del pueblo dijeron a Noemí: «Tu nuera, que te ama, lo ha dado a luz, y ella es de más valor para ti que siete hijos» (4: 15).

Sin lugar a dudas, Rut aceptó a Dios con todos los principios y creencias que esto conlleva. Al llegar a Belén, una tierra extraña, subyugó su corazón. Con las fuerzas provenientes de Dios, pudo cruzar las barreras culturales y vencer toda resistencia familiar, hasta conseguir la bendición de Dios con un hogar bien establecido, y un hijo como parte de la promesa de un pueblo escogido. Como si eso hubiera sido poco, también logró ser parte del linaje de Jesús, porque aceptó de todo corazón pertenecer a ese pueblo y amar a Dios sobre todas las cosas. El comentario bíblico adventista (t. 2, pág. 432) nos dice qué señala E. G. White al respecto:

En Rut había ocurrido un cambio durante su trato con Noemí, y sabía que estaría más contenta y se sentiría más en casa en la extraña tierra de Israel que en su terruño de Moab, entre sus amigos de siempre. El conocimiento del verdadero Dios liga los corazones humanos con vínculos más estrechos que los de raza o familia.

Pidamos a Dios en profunda oración, una transformación total de nuestro ser y una entrega sin reservas.


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