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Él cierra y abre puertas

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«Dijo luego Jehová a Noé: entra tú y toda tu familia en el arca, porque solo a ti he visto justo delante de mí en esta generación» (Génesis 7: 1).

LOS ÁNGELES DE DIOS dirigieron la entrada de los animales y las aves en el arca en perfecto orden, siete días antes de que cayera el diluvio sobre la tierra, como consecuencia de la maldad y la corrupción imperantes. Luego, Dios ordenó a Noé que entrara con toda su familia en el arca para refugiarse de lo que vendría después. Cuando todo estaba en orden, Dios cerró la puerta (véase Génesis 7: 16). Durante siete días soportaron a los burladores que se gozaban diciendo que el mensaje de Noé era un engaño, porque no sucedía nada extraño, pero al final de los siete días vino el juicio sobre la tierra y todo fue destruido por el agua.

La maciza puerta, que no podían cerrar los que estaban dentro, fue puesta lentamente en su sitio por manos invisibles. Noé quedó adentro y los que habían desechado la misericordia de Dios quedaron afuera. El sello del cielo fue puesto sobre la puerta; Dios la había cerrado, y solamente Dios podía abrirla» (E. G. White, Patriarcas y profetas, pág. 83).

Si esa puerta (que representa la puerta de la misericordia que será cerrada antes de la Segunda Venida de Cristo) hubiera sido cerrada por Noé, los hombres malvados habrían podido abrirla para hacer mal, pero Dios no lo permitió. Él es el único capaz de abrir puertas de oportunidad y cerrar las puertas ante el peligro y la muerte; así como fue capaz de abrir las puertas de la cárcel para que el apóstol Pedro fuera liberado, aun cuando estaba custodiado por 16 soldados.

Cuando los juicios de Dios comiencen a caer sobre la tierra, los hijos de Dios estarán encerrados en grandes pruebas, en vicisitudes opresoras, pero él los librará con su poder, abrirá las puertas y los ángeles los guiarán a la Canaán celestial. Al igual que Dios hizo con Noé, como premio a su fidelidad e integridad, pues salvó con él a todos los miembros de su familia. «La tierra será otra vez barrida por la asoladora ira de Dios, y el pecado y los pecadores serán destruidos» (ídem, pág. 86). Antes que el diluvio de fuego venga sobre la tierra, el Señor nos llama a un genuino arrepentimiento y una aceptación de Cristo como único Salvador. Dejemos nuestra causa en las manos de Dios.


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