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Una puerta que nadie puede cerrar

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«Yo conozco tus obras. Por eso, he puesto delante de ti una puerta abierta, cual nadie puede cerrar, pues aunque tienes poca fuerza, has guardado mi palabra y no has negado mi nombre» (Apocalipsis 3: 8).

DIOS HA ABIERTO la puerta del evangelio para que todos creamos sinceramente en él y lleguemos al conocimiento de la verdad. Allí está la gracia de la salvación, a disposición de todos los que deseamos ser salvos en Cristo Jesús. No permanecerá mucho tiempo abierta, pronto se cerrará por una mano invisible.

Cruzando esa puerta está el trono de la gracia; podemos acercarnos a él libremente y llevar nuestras peticiones.

El testigo fiel nos ha dado la seguridad de que ha puesto ante nosotros una puerta abierta que nadie puede cerrar. Muchos de los privilegios del mundo se les pueden negar a los que están procurando ser fieles a Dios; su camino puede ser obstruido y su obra estorbada por los enemigos de la verdad, pero no hay poder capaz de cerrar la puerta de comunicación entre Dios y sus almas. El cristiano puede cerrar esa puerta complaciéndose en el pecado o rechazando la luz del cielo; puede apartar sus oídos para no escuchar el mensaje de verdad, y así puede cortar la conexión entre Dios y su alma [...]. Ni el hombre ni Satanás pueden cerrar la puerta que Cristo ha abierto para nosotros (E. G. White, Review and Herald, 26 de marzo de 1889).

El apóstol Pablo nos insta: «Hermanos, tenemos libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo [...]. Acerquémonos, pues, con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia y lavados los cuerpos con agua pura» (Hebreos 10: 19, 22).

Lo cierto es que la entrada está a nuestro alcance. Cada vez que seamos tentados o desanimados tenemos la posibilidad de acercarnos a ella. Ningún poder puede impedirnos mirar al cielo, ver a través de la puerta abierta a Cristo, nuestro redentor; él nos ha dado suficiente fortaleza y luz para buscarlo, asirnos de su mano poderosa, recibir su perdón, la limpieza de nuestros errores y para ser declarados hijos del Padre celestial. «Si solo comprendiéramos que la gloria de Dios nos rodea, que el cielo está más cerca de la tierra de lo que suponemos, tendríamos un cielo en nuestros hogares mientras nos preparamos para el cielo de lo alto» (White, Mensajes selectos, pág. 92).

Acerquémonos a Dios cada día, él nos mirará con misericordia desde esa puerta abierta.


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