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Como fuego

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«Dije: “¡No me acordaré más de él ni hablaré más en su nombre!”. No obstante, había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos. Traté de resistirlo, pero no pude» (Jeremías 20: 9).

A JUAN, el gran profeta, le fue revelada en una de sus visiones una iglesia tibia e indiferente; llena de orgullo y con suficiencia propia e independencia de Dios: la iglesia de Laodicea (Apocalipsis 3: 15-17).

Podríamos describir a un corazón frío como aquel que es indiferente a la idea de conocer a Dios. Por lo tanto, es insensible a la voz de Dios. Un corazón tibio puede ser entendido como aquel que a pesar de tener conocimiento de Dios, no se ha entregado completamente a él. En su vida permanecen algunos pensamientos y comportamientos pecaminosos que no está dispuesto a abandonar.

Diferente a los dos anteriores es un corazón ardiente. Los que pertenecen a este grupo han comprendido y reconocido su condición de pecadores, se han humillado y solicitado la misericordia divina. El Señor los ha redimido y ellos han aceptado su perdón. Estos corazones actúan conforme a la voluntad de Dios, lo obedecen y lo sirven con amor. Mediante el servicio a los demás demuestran que su relación con Dios es viva y que anhelan vivir con él por la eternidad. Este es el corazón que Dios espera de sus hijos.

Convencido de que su mensaje no era escuchado, Jeremías decidió no hablar más en nombre de Dios. Pero algo seguía empujándolo, un fuego que ardía en su corazón, en sus huesos y aunque hizo todos los esfuerzos por resistirlo, no lo logró. Al darse cuenta de que era imposible huir al llamado del Altísimo, siguió trasmitiendo los mensajes que recibía.

«Sus brasas son brasas de fuego, potente llama. Las muchas aguas no podrán apagar el amor, ni lo ahogarán los ríos. Y si un hombre ofreciera todo los bienes de su casa a cambio del amor, de cierto sería despreciado» (Cantares 8: 6, 7). Si el fuego de nuestro corazón se apaga por los quehaceres diarios de la vida, Dios nos consuela: «Te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos» (2 Timoteo 1: 6).

Pidamos este día que el amor de Dios llene de gozo nuestros corazones y las tinieblas del pecado se alejen de nuestras vidas.


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