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Bendiciones sin almacenar

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«La viuda fue e hizo como le había dicho Elías. Y comieron él, ella y su casa, durante muchos días» (1 Reyes 17: 15).

LA VIUDA DE SAREPTA era una de tantas viudas que había en el territorio, y en Israel. En aquel tiempo de sequía y hambre, Dios escogió un pueblo pagano para mostrar su poder y su gloria. La condición de la viuda era precaria, no tenía provisiones suficientes para hacerle frente al problema del hambre. Pero Dios escogió a la persona más débil y desprovista de recursos para proclamar en Sidón, que Baal no era un dios. La viuda solamente disponía de un puñado de harina y un poco de aceite para ella y su hijo. Justo en aquellos momentos ella estaba recogiendo leña para cocer su último bocado y después dejarse morir. Sin embargo, Dios la rescató.

Al encontrarla, Elías le dijo: «No tengas temor: ve y haz como has dicho; pero hazme con ello primero una pequeña torta cocida debajo de la ceniza, y tráemela. Después la harás para ti y para tu hijo» (1 Reyes 17: 13). A pesar de la escasez, la viuda colocó a Dios en primer lugar; aquella fue una gran prueba para su fe y creyó en la promesa: «Dios proveerá».

Su recompensa fue que nunca escasearon la harina ni el aceite de sus recipientes. Este es un ejemplo del poder y la bondad de Dios: ambos ingredientes se multiplicaban no al almacenarse, sino al ser usados.

Ese es el propósito de las bendiciones: ser usadas para favorecer a otros o para cubrir nuestras propias necesidades. Dios satisfará, en su misericordia, cada necesidad de sus hijos conforme a su fe.


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