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La fe de Abraham puesta a prueba

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«Dios probó a Abraham. Le dijo: "Abraham”. Este respondió: “Aquí estoy”. Y Dios le dijo: “Toma ahora a tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, vete a tierra de Moriah y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré"» (Génesis 22: 1,2).

LA FE DE ABRAHAM comenzó a ser probada desde que fue llamado para salir de Harán, dejando su parentela, sus padres y su tierra sin saber a dónde iba (Génesis 12: 1, 4). Fue probado su amor a Dios por sobre todas las cosas. Más tarde, su fe fue probada con obediencia: a los noventa y nueve años fue circuncidado él y toda su gente. Luego, a los ciento veinte años, le sobrevino la prueba más grande de su vida: el sacrificio de su hijo. «Esta es una de las pruebas más difíciles para un ser humano, aun más severa que la que se le dio a Adán y Eva en el Edén» (E. G. White, Patriarcas y profetas, pág. 151). Abraham tenía que ofrecer en sacrificio a su único hijo, el que había tenido tras muchos años de espera y dificultad.

El patriarca escuchó el pedido por la tarde, y al día siguiente emprendió el camino de tres días para cumplir la voluntad de su Padre celestial. Cuando llegó la primera noche, mientras sus dos siervos y su hijo descansaban, él perseveraba en oración con la esperanza de que algún mensajero celestial viniera a decirle que la prueba ya no era necesaria, y que el joven podía regresar sano y salvo. «Pero su alma torturada no recibió alivio. Pasó otro largo día y otra noche de humillación y oración, mientras la orden que lo iba a dejar sin hijo resonaba en sus oídos» (ídem, pág. 146).

Abraham, en plena obediencia, levantó el altar, colocó la leña y ató a su hijo para el sacrificio. Isaac aceptó ser ofrecido como ofrenda para Dios. Pero cuando Abraham levantó el cuchillo para herir a su hijo, Dios detuvo su mano. «Todo el cielo presenció, absorto y maravillado, la intachable obediencia de Abraham» (ídem, pág. 151).

Necesitamos tener la obediencia de Abraham, y la fe para creer que Dios puede hacer lo imposible. Debemos estar dispuestos a obedecer voluntariamente y apartarnos del pecado.

Pidámosle a Dios que nos ayude a mostrar nuestra fe en él por medio de la obediencia a su voluntad.


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