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Fe y obediencia

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«Pensaba que Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos, de donde, en sentido figurado, también lo volvió a recibir» (Hebreos 11: 19).

VAMOS A REFLEXIONAR sobre los momentos posteriores a la petición que Dios le hizo a Abraham.

Regresó a su tienda, y fue al sitio donde Isaac dormía profundamente el tranquilo sueño de la juventud y la inocencia. Durante unos instantes el padre miró el rostro amado de su hijo, y se alejó temblando. Fue al lado de Sara, quien también dormía. ¿Debía despertarla para que abrazara a su hijo por última vez? ¿Debía comunicarle la exigencia de Dios? Anhelaba descargar su corazón compartiendo con su esposa esta terrible responsabilidad; pero se vio cohibido por el temor de que ella le pusiera obstáculos (E. G. White, Patriarcas y profetas, pág. l46).

Con prudencia y fe, tomó a su hijo para ir al sacrificio. Sufriendo en solitario y preocupado por cómo sería el regreso a casa sin su hijo, afrontó la prueba. Pero la fe de Abraham y su obediencia, se tomaron de la mano, creyendo que si Isaac moría por orden de Dios, el Omnipotente lo levantaría de la muerte con la misma certeza con que había ocurrido el milagro de su nacimiento.

Santiago, al hablar de Abraham, menciona: «Se cumplió la Escritura que dice: “Abraham creyó a Dios y le fue contado por justicia, y fue llamado amigo de Dios"» (Santiago 2: 23).

El sacrificio exigido a Abraham no fue solo para su propio bien ni tampoco exclusivamente para el beneficio de las futuras generaciones; sino también para instruir a los seres sin pecado del cielo y los otros mundos. Cuando fue detenida la mano del padre en el momento mismo en que estaba por sacrificar a su hijo y el carnero que Dios había provisto fue ofrecido en lugar de Isaac, entonces se derramó luz sobre el misterio de la redención, y aun los ángeles comprendieron más claramente las medidas que Dios había tomado para salvar al hombre (ídem, págs. 150, 151).

Pidamos que la fe y la obediencia a Dios sean parte de nosotros.


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