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El peligro de la avaricia y la ambición

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«Partieron los ancianos de Moab y los ancianos de Madián con las dádivas de adivinación en sus manos. Llegaron a Balaam y le comunicaron las palabras de Balac» (Números 22: 7).

HOY RECORDAREMOS el momento en el que los ancianos llegaron con las manos llenas de regalos para Balaam. La intención de Balac era despertar en el corazón de Balaam, la ambición y la codicia. Pareciera haberlo logrado, al decirles a los viajeros que se quedaran esa noche en su casa. Balaam conocía muy bien que Israel era el pueblo de Dios y su especial tesoro.

La segunda vez, Balac envió a sus mensajeros de mayor autoridad, hombres más honorables que los anteriores, a decir a Balaam: «Te ruego que no dejes de venir a mí, pues sin duda te honraré mucho y haré todo lo que me digas. Ven, pues, ahora, y maldíceme a este pueblo» (Números 22: 16, 17). El profeta les dijo nuevamente que podían quedarse en su casa. Él sabía que Dios no quería que fuera pero a pesar de eso seguía insistiendo con la idea de ir con ellos. Por su terquedad, le fue permitido ir.

El pecado de la avaricia que, según la declaración divina, es idolatría, le hacía buscar ventajas temporales, y por ese solo defecto, Satanás llegó a dominarlo por completo. Esto ocasionó su ruina. El tentador ofrece siempre ganancia y honores mundanos para apartar a los hombres del servicio de Dios [...]. Una vez que se hayan entregado al dominio de la codicia y a la ambición de poder se atreverán a hacer las cosas más terribles (E. G. White, Patriarcas y profetas, pág. 469).

La avaricia causa opresión. Pidamos a Dios que nos libre de la ambición y nos acerque a su corazón.


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