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Subamos a Betel

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«Dijo Dios a Jacob: “Levántate, sube a Betel y quédate allí; y haz allí un altar al Dios que se te apareció cuando huías de tu hermano Esaú“» (Génesis 35: 1).

JACOB REGRESÓ de Padán-aram a Canaán, después de vivir 20 años allí, y levantó su campamento junto a Siquén. Estuvieron cerca de ocho años ahí, cuando sucedió un incidente difícil para Jacob: sus hijos, Simeón y Leví, entraron a la ciudad y vengaron la deshonra de su hermana Dina por parte de Siquén, hijo de Jamor. Mataron a todos los hombres. Este hecho trajo vergüenza para la familia ante las otras ciudades vecinas.

Sin embargo Dios, en su gran misericordia, llamó a Jacob a que saliera de Siquén y subiera a Betel con toda su familia. Ese sería un lugar de refugio para ellos. En aquel lugar Dios había visitado a Jacob cuando huía de su hermano Esaú, hacía cerca de 28 años. Antes de subir a Betel, Jacob invitó a su familia a una reforma espiritual, les pidió que se despojaran de los dioses ajenos que tenían. «Habían dioses falsos en su campamento, y hasta cierto punto la idolatría estaba ganando terreno en su familia» (E. G. White, Patriarcas y profetas, pág. 204). Tenían que limpiarse de todo pecado y mudar sus vestidos antes de ir a Betel.

La familia obedeció y Jacob enterró los dioses bajo una encina en Siquén, para que no los volvieran a tomar y se olvidaran de ellos (Génesis 35: 2-4). Jacob les relató a sus hijos el encuentro de Dios con él en Betel tiempo atrás y cuán maravillosamente lo había tratado el Señor. «Se enterneció su corazón y sus hijos también fueron conmovidos por un poder subyugador, había tomado la medida más eficaz para prepararlos a fin de que se unieran con él en la adoración de Dios cuando llegasen a Betel» (ídem, pág. 205). Antes de llegar a Betel, la familia cambió su ropa vieja y manchada; confesó sus pecados a Dios y él limpió sus vidas.

Betel representa la nueva Jerusalén, un lugar propicio para la oración y la meditación, conocida como casa de Dios y puerta del cielo. Para subir a ella necesitamos hacer lo mismo que Jacob y su familia, despojarnos de todo lo que nos impida poner a Dios en primer lugar en nuestras vidas, confesar todos nuestros pecados y pedir a Dios que cambie nuestro corazón, para ser subyugados por el poder del Espíritu Santo.

La Palabra de Dios nos dice: «Yo amo a los que me aman, y me hallan los que temprano me buscan» (Proverbios 8: 17). Preparemos nuestro corazón para encontrarnos en la Betel celestial con Cristo Jesús.


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