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Llega el juicio

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«Vamos a destruir este lugar, por cuanto el clamor contra la gente de esta ciudad ha subido de punto delante de Jehová. Por tanto, Jehová nos ha enviado a destruirla» (Génesis 19: 13).

SODOMA ESTABA VIVIENDO una vida desenfrenada. El ocio y la abundancia la habían llenado de maldad. Esta ciudad era muy bella por su llanura, tierra de riego y su excelente ubicación en el valle del Jordán. Era conocida como «el huerto de Jehová» (Génesis 13: 10). Allí abundaban las palmeras, los olivos y las vides.

Los habitantes de Sodoma se llenaron de soberbia y se entregaron a la vil abominación, al vicio y al crimen. La situación era esta: «Reinaban en Sodoma el alboroto y el júbilo, los festines y las borracheras. Las más viles y más brutales pasiones imperaban desenfrenadas. Los habitantes desafiaban públicamente a Dios y a su ley, y encontraban deleite en los actos de violencia» (ídem, pág. 148). No obstante, por medio de la vida justa y recta de Abraham, Dios trasmitió el mensaje a Sodoma. Cuando Abraham rescató a su sobrino Lot, y las riquezas de Sodoma que se habían llevado los enemigos, se dieron cuenta de que lo que les había dado la victoria fue la mano de Dios. Sodoma no estaba ajena al mensaje de salvación.

El juicio, ejecutado por los ángeles del cielo, llegó para Sodoma y las ciudades del valle porque la situación ya era intolerable. Pero demoraron en destruirla, por salvar a Lot y a su familia. Los ángeles esperaban que reaccionaran y por su propia voluntad salieran de la ciudad, pero no fue así y Dios tuvo que ayudarlos a salir. El juicio inminente de Dios llega en el tiempo fijado por él. Es un juicio justo y cierto.

Isaías menciona: «He aquí el día de Jehová viene: día terrible, de indignación y ardor de ira, para convertir la tierra en soledad y raer de ella a sus pecadores» (Isaías 13: 9). Pronto se derramarán los juicios de Dios, y serán consumidos el pecado y los pecadores. «Salid de ella pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados ni recibáis parte de sus plagas» (Apocalipsis 18: 4).

Salgamos de la atmósfera del pecado, hagamos de Dios nuestro escudo. «Velad, pues, orando en todo tiempo que seáis tenidos por dignos de escapar de todas estas cosas que vendrán, y de estar en pie delante del Hijo del hombre» (Lucas 21: 36).


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