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Unidos para salvar

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«Me erigirán un santuario, y habitaré en medio de ellos» (Éxodo 25: 8).

LA PROMESA DE DIOS de habitar con su pueblo y revelar su presencia divina, es una bendición incalculable que Israel tuvo en el peregrinaje del desierto. Moisés recibió la orden y el modelo de construir el santuario con todos los muebles necesarios para el sacrificio y la adoración. Debería de ser figura del verdadero tabernáculo celestial, con representación de la divinidad, para salvar al pueblo de la esclavitud del pecado y la apostasía que constantemente afloraba en ellos.

Dios el Padre estaba presente en el propiciatorio reflejando su gloria continuamente. Dios el Hijo estaba representado en el altar del sacrificio, en el altar del incienso y en los panes de proposición. Dios el Espíritu Santo estaba representado en el aceite de olivas machacadas para el alumbrado del candelero de oro. Millares de ángeles estaban alrededor del Santuario para cuidar de él. Ahí estaba toda la divinidad para salvar a Israel de sus pecados diarios y anuales. Para limpiarlos de toda maldad y santificarlos continuamente a fin de estar preparados para recibir la presencia de Dios. El pueblo de Israel tuvo muchas oportunidades para su salvación.

Esto nos enseña que todos los seres celestiales tienen una sola misión: redimir o restaurar al hombre a la imagen de Dios. Sus acciones son intrínsecas, nadie desentona. El único que desentonó en su momento fue Satanás, porque tenía otro mensaje y otro plan; algunos ángeles decidieron acompañarlo en su rebeldía, pero los fieles acompañarán a Cristo hasta el final del tiempo. La prueba está en que cuando Cristo venga por segunda vez a la tierra, habrá media hora de silencio en el cielo (Apocalipsis 8: 1). En esa media hora profética, que son siete días literales, el cielo quedará vacío porque todos los santos ángeles de Dios acompañarán a Cristo para reunir a su pueblo y llevarlo a vivir con él para siempre.

Así como en el Santuario terrenal estaba el Lugar Santísimo, que era el centro del servicio de expiación e intercesión y constituía el eslabón que unía el cielo y la tierra, Cristo hoy une al hombre con Dios para salvarlo y purificarlo con su sangre derramada en la cruz del Calvario.

Si te levantas y buscas a Jesús, él se encontrará contigo, te aceptará, te hará parte de su familia y mantendrá tu nombre escrito en el libro de la vida.


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