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Una mente renovada que percibe la voz de Dios

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«Renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad» (Efesios 4: 23, 24).

LA CREACIÓN de Dios fue perfecta. La mente del hombre salió de las manos de su Creador, llena de justicia y santidad, con una gran lucidez, capaz de percibir la voz de Dios a la distancia y discernir el conocimiento divino. «Veía el amor de Dios, la belleza de la santidad y el gozo de la pureza» (E. G. White, El camino a Cristo, pág. 24). Pero la mente del hombre fue cegada por la transgresión: «No andéis como los otros gentiles, que andan en la vanidad de su mente, teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón» (Efesios 4: 17, 18). También se perdió la sensibilidad hacia Dios. La mente del hombre fue ofuscada por completo hacia lo espiritual. Por eso el apóstol Pablo enfatiza: «Despojaos del viejo hombre, que está corrompido por los deseos engañosos» (Efesios 4: 22). La urgencia es vaciar la mente de todo lo corrupto. Vaciarla de todo lo mundano para que pueda ser renovada por el poder del Espíritu Santo.

La mente renovada tiene la capacidad de comprobar, discernir, identificar lo que es agradable y perfecto a los ojos de Dios. La mente es un espacio fundamental de la batalla espiritual entre el bien y el mal. Satanás busca por todos los medios desviar la mente que busca a Dios, que está siendo renovada por el poder de Cristo. Si la mente no percibe la voz de Dios, está perdida y se extravía fácilmente. Sin embargo, Pablo advierte:

Las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo (2 Corintios 10: 4, 5).

Cuando el corazón cede a la influencia del Espíritu de Dios, la conciencia se vivifica y el pecador discierne algo de la profundidad y santidad de la sagrada ley de Dios, fundamento de su gobierno en los cielos y en la tierra. Cuando el hombre es renovado a la imagen del que lo creó, se cumple la promesa: «Pondré mis leyes en su corazón, y también en su mente las escribiré» (Jeremías 31: 33). Clamemos junto al altar de Dios para que cambie nuestra mente a una mente espiritual, renovada completamente por el poder de su Palabra.


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