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Jesús, manantial de aguas vivas

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«¡Jehová, esperanza de Israel!, todos los que te dejan serán avergonzados, y los que se apartan de ti serán inscritos en el polvo, porque dejaron a Jehová, manantial de aguas vivas» (Jeremías 17: 13).

CON JUSTA RAZÓN el salmista dijo: «De Jehová es la tierra y su plenitud, el mundo y los que en él habitan» (Salmos 24: 1). Jesús es la fuente de todo lo que nos sustenta. Es el manantial de aguas vivas, inagotable y permanente, produce crecimiento y desarrollo. Sin estas aguas pereceremos de sed. Él es la fuente de la vida, de la cual depende nuestra existencia. La invitación de Jesús es: «Si alguien tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior brotarán ríos de agua viva» (Juan 7: 37,38).

El agua viva purifica lo que está manchado y restaura la limpieza, lo que añade belleza. Así es Cristo Jesús, el agua que purifica el alma, limpia el corazón y satisface cualquier necesidad. El agua es símbolo del Espíritu Santo, la fuente de tu renovación, de tu restauración, quien ha venido para fortalecerte, renovarte, saciar tu sed de Dios, darte nuevas fuerzas y conducirte al propósito para el cual fuiste creado.

En medio de las dificultades, en medio de la sequía espiritual, acércate al Señor, fortalece tu comunión con el Espíritu Santo, y no te decepcionará. El profeta Isaías afirma: «Jehová te pastoreará siempre, en las sequías saciará tu alma y dará vigora tus huesos. Serás como un huerto de riego, como un manantial de aguas, cuyas aguas nunca se agotan» (Isaías 58: 11).

El pueblo de Israel sació su sed en medio del desierto porque todos bebieron de la misma roca espiritual. Esa roca era Cristo (1 Corintios 10: 4). Entonces, ¿por qué muchos viven en ataduras de temor, depresión, amargura, ira, gastando grandes cantidades de dinero en consejería y medicamentos? ¿Por qué viven secos y sedientos? Debemos levantar la mirada y seguir a Cristo nuestro sustentador. «Los afligidos y necesitados buscan las aguas, pero no las encuentran; seca está de sed su lengua. Yo, Jehová, los oiré, yo, el Dios de Israel, no los desampararé» (Isaías 41: 17).


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