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El anhelo de Dios para su pueblo

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«¡Ojalá siempre tuvieran tal corazón, que me temieran y guardaran todos los días todos mis mandamientos, para que a ellos y a sus hijos les fuera bien para siempre!» (Deuteronomio 5: 29).

CUANDO DIOS habló al pueblo de Israel en medio del fuego en el monte Sinaí con potente voz, y la gente vio que el sitio ardía en llamas, dijo a Moisés: «Jehová nuestro Dios, nos ha mostrado su gloria y su grandeza, y hemos oído. Su voz, que sale de en medio del fuego. Hoy hemos visto que Jehová habla al hombre, y este aun vive» (Deuteronomio 5: 24). El pueblo tuvo temor de la voz potente de Dios y le pidió a Moisés que él hablara en su lugar y trasmitiera el mensaje: «Nosotros oiremos y obedeceremos» (Deuteronomio 5: 27). Entonces Dios dijo: «¡Ojalá siempre tuvieran tal corazón, que me temieran y guardaran todos los días todos mis mandamientos, para que a ellos y a sus hijos les fuera bien para siempre!» (Deuteronomio 5: 29).

Dios espera de nosotros obediencia a sus mandamientos constantemente, todos los días, con temor reverente y percepción de su presencia santa, con la seguridad de que oiremos y obedeceremos. La obediencia a su Palabra trae el bien a toda la familia. Moisés le recordó a los israelitas: «Andad en todo el camino que Jehová, vuestro Dios, os ha mandado, para que viváis, os vaya bien y prolonguéis vuestros días en la tierra que habéis de poseer» (Deuteronomio 5: 33).

Se nos enseña que la obediencia a los requerimientos de Dios coloca al obediente bajo las leyes que controlan el ser físico. Los que quieren preservar su salud deben subyugar todos los apetitos y las pasiones. No deben dar rienda suelta a las pasiones concupiscentes y al apetito desenfrenado, pues han de estar bajo el control de Dios, y sus facultades físicas, mentales y morales han de ser tan sabiamente empleadas como para que el mecanismo del cuerpo permanezca funcionando bien. Salud, vida y felicidad son el resultado de la obediencia a las leyes físicas que gobiernan nuestro cuerpo (E. G. White, manuscrito 151, 1901).

Desde que Dios nos creó, nos bendijo con todas las bendiciones espirituales, anhelando que disfrutáramos paz y felicidad, obedeciendo su Palabra. Quiere que ejerzamos la facultad de elección a favor de nuestro Creador y Sustentador, con un sentido de responsabilidad y sin apartarnos ni a la derecha ni a la izquierda. Que nuestro corazón esté entregado por entero y nuestro espíritu, alma y cuerpo le pertenezcan a Dios para siempre.


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