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Cristo triunfó en la vida de los patriarcas

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«Yo tomé a vuestro padre Abraham del otro lado del río y lo traje por toda la tierra de Canaán, aumenté su descendencia y le di a Isaac» (Josué 24: 3).

ABRAHAM, ISAAC, Y JACOB, patriarcas de Dios, tuvieron grandes luchas en sus vidas. Cuando se acercaban al Señor, Satanás los acosaba con grandes pruebas para que perdieran la promesa hecha a su descendencia.

Abraham salió de una familia que servía a dioses extranjeros, pero Dios lo escogió para que en él se conservara el conocimiento del Dios verdadero y se convirtió en el heredero de ese santo cometido. «Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber adónde iba» (Hebreos 11: 8).

Luego, hubo hambre en la tierra de Canaán y Abraham tuvo que emigrar a Egipto en busca de alimento. Allí tuvo una prueba muy difícil: decía que Sara no era su esposa sino su hermana, por temor a los egipcios. «Reveló desconfianza en el amparo divino, una falta de esa fe y ese valor elevadísimos tan noble y frecuentemente manifestados en su vida» (E. G. White, Patriarcas y profetas, pág. 120). En esos duros momentos flaqueó la fe de Abraham y Satanás aprovechó la ocasión para apartarlo de Dios. Sin embargo, a pesar de su falta, Dios lo arrebató de las garras del enemigo y lo salvó.

Tiempo después, sucedió que cuando Dios le pidió que sacrificara a su único hijo, Abraham obedeció sin objetar. Se dirigió a la tierra de Moria con su hijo para ser sacrificado. En su cabeza, resonaban las palabras: «Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas» (Génesis 22: 2). La primera noche antes de llegar al monte, su hijo y sus siervos dormían mientras él velaba y meditaba en la orden de Dios. Era una prueba muy dura. No sabía qué pasaría, solamente tenía que obedecer.

Satanás estaba listo para sugerirle que se engañaba, pues la ley divina mandaba: «No matarás», y Dios no habría de exigir lo que una vez había prohibido [...]. Abraham estuvo tentado a creer que se engañaba. Dominado por la duda y la angustia, se arrodilló y oró como nunca lo había hecho antes, para pedir que se le confirmara si debía llevar a cabo o no esta terrible orden (White, ídem, pág. 140).

Sin embargo, Dios permaneció al lado de Abraham y no permitió que Satanás lo desviara del propósito divino. Así como Abraham se colocó en las manos de su Dios, pongamos nuestra vida en manos de Cristo para que él obtenga la victoria a favor de sus fieles hijos e hijas del reino.


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