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El llamado de Dios a su pueblo

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«Con diligencia cuidéis de cumplir el mandamiento y la ley que Moisés, siervo de Jehová, os ordenó: “Que améis a Jehová, vuestro Dios, y andéis en todos sus caminos; que guardéis sus mandamientos, lo sigáis y lo sirváis con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma”» (Josué 22: 5).

JOSUÉ llamó a los rubenitas, gaditas y a la media tribu de Manasés a que hicieran un pacto con Dios de no olvidarse de él, al separarse de los hijos de Israel, en Silo, que está en la tierra de Canaán, para ir a la tierra de Galaad, la tierra de sus posesiones.

Lo mismo espera Dios hoy de nosotros: que lo amemos con todo el corazón y el alma. Con un amor sincero que no espera recibir algo a cambio y con una confianza plena, pues aunque aparentemente no veamos sus bendiciones, debemos seguirle amando. Ese es el amor de un ser inferior hacia uno superior. El amor de un hijo hacia un padre amante, benigno y misericordioso. «El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí, el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí» (Mateo 10: 37). En el marco del evangelio, la aceptación a Cristo y la devoción a él deben ser la prioridad.

No solamente es asunto de amarle sino también de guardar todos sus mandamientos. «Los que en realidad desean ser enseñados por Dios y andar en sus caminos, tienen la segura promesa de que si sienten su falta de sabiduría la piden a Dios, él se la dará abundantemente y no les zaherirá por ello» (E. G. White, La educación cristiana, pág. 424). Andar en el camino de Cristo es andar en la luz, en la verdad, en el rumbo correcto.

Solamente los que dejan todo llevarán la cruz de Cristo y su propia cruz muy dentro de su corazón, y podrán servirlo sin restricciones, sin ataduras, en plena libertad. «Ningún siervo puede servir a dos señores, porque odiará al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas» (Lucas 16: 13).


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