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La seguridad de tener a Dios con nosotros

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«Hubiera yo desmayado, sino creyera que he de ver la bondad de Jehová en la tierra de los vivientes. ¡Espera en Jehová! ¡Esfuérzate y aliéntese tu corazón! ¡Sí, espera en Jehová!» (Salmos 27: 13, 14).

EL SALMISTA declara que Dios está con él a pesar de estar rodeado de muchos enemigos, de personas malignas que lo atacan, de testigos falsos, y dice: «Aunque un ejército acampe contra mí, no temerá mi corazón; aunque contra mí se levante guerra, yo estaré confiado» (Salmos 27: 3). Su seguridad es la bondad de Dios y su gran misericordia. Ya hubiera desmayado si no creyera que vería la bondad del Señor. Aunque su padre y su madre lo abandonaran, Dios lo acogería. El salmista no mira hacia abajo sino hacia arriba, a la cruz del Calvario, al Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Su vista está puesta en el autor y consumador de nuestra fe.

Todos tenemos grandes dificultades en esta vida. Unos, el dolor de haber perdido a un ser querido. Otros, falta de trabajo, dificultades con los hijos o con la misma justicia terrenal. A pesar de todo, debemos levantar nuestra mirada como el salmista para ver a Dios con nosotros, y decir: «Él me esconderá en su Tabernáculo en el día del mal; me ocultará en lo reservado de su morada, sobre una roca me pondrá en lo alto» (Salmos 27: 5). Este canto de confianza de David está basado en la comunión con Dios, en una intimidad con el Creador, en la creencia de que existe, es todopoderoso y está al cuidado de sus hijos, entregando su vida para salvarnos. No hay huestes que puedan hacernos daño, si el Señor de los ejércitos nos protege.

Sin el sacrificio de Cristo era imposible que la familia humana escapara del poder contaminador del pecado y fuera restituida a la comunión con seres santos, era imposible que volviese a participar de la vida espiritual.

Encomendemos a Dios la custodia de nuestra alma, y confiemos en él. Hablemos del Señor Jesús y pensemos en él. Piérdase en el nuestra personalidad. Desterremos toda duda; disipemos nuestros temores [...]. Reposemos en Dios. Él puede guardarlo que le hemos confiado. Si nos ponemos en sus manos, nos hará más que vencedores por medio de aquel que nos amó (E. G. White, El camino a Cristo, pág. 7l).

Dios no abandona al cristiano en caminos inciertos, no lo deja a la deriva, ni en la oscuridad, ni en la desesperación, sino lo conduce por el camino de verdad e ilumina su sendero.


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