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Los principios del reino de Dios

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«Saliendo cerca de la hora undécima, halló a otros que estaban desocupados y les dijo: "¿Por qué estáis aquí todo el día desocupados?". Le dijeron: "Porque nadie nos ha contratado”. Él les dijo: "Id también vosotros a la viña y recibiréis lo que sea justo”» (Mateo 20: 6, 7).

JESÚS EXPRESÓ la parábola de los obreros de la viña para referirse a la falta de compresión de la recompensa de Dios. «Los rabinos enseñaban que el favor divino había que ganarlo. Esperaban ganar la recompensa de los justos por sus propias obras» (E. G. White, Palabras de vida del gran Maestro, pág. 322). Por eso la parábola invierte los valores tradicionales y enseña que la entrada al reino se consigue al aceptar la gracia de Dios y no por la cantidad o calidad de las obras. También enseña que Dios es el que determina quién entra en el reino, algunos que no esperamos que entren, estarán allí.

Si Dios tratara a los hombres meramente sobre la base de una justicia estricta, ninguno podría estar en condiciones de recibir las recompensas incomparablemente generosas del cielo y la eternidad. A la vista del cielo no tienen valor el conocimiento, la jerarquía, el talento, el tiempo de servicio, la cantidad de trabajo, ni los resultados visibles de la obra realizada, sino que se toman en cuenta el espíritu voluntario con el cual se emprenden las tareas asignadas y la fidelidad con la cual se realizan. Los primeros en ser contratados en las primeras horas de la mañana, convinieron en trabajar por una cantidad determinada, pero a los que fueron contratados a la hora tercera, sexta, novena y undécima, el padre de familia les dijo: «Os daré lo que sea justo» (Mateo 20: 4, 7). Los primeros representan a los obreros asalariados que esperan una recompensa en proporción a su labor. Por eso se enojaron, murmuraron, reclamaron y criticaron al padre de familia, pues no estaban contentos con lo que recibieron. Sin embargo, los que fueron contratados más tarde dejaron su recompensa al juicio del dueño de la casa.

Creyeron en la promesa del patrón: «Os daré lo que fuere justo». Mostraron su confianza en él no haciendo ninguna pregunta con respecto a su salario, confiaron en su justicia y equidad. Y fueron recompensados, no de acuerdo a la cantidad de su trabajo, sino según la generosidad de su propósito [...]. Esto es lo que ocurre con el pecador que, conociendo su falta de méritos, ha entrado en la viña del Señor a la hora undécima. Su tiempo de servicio parece muy corto, no se siente digno de recompensa alguna, pero está lleno de gozo porque por lo menos Dios lo ha aceptado (White, Palabras de vida del gran Maestro, págs. 328, 329).


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