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Jesús prohíbe que juzguemos a los demás

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«¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?» (Mateo 7: 3).

JUZGAR a los demás causa heridas, sin antes analizar la causa o investigar el caso. Es muy difícil discernir los motivos de una conducta para poder juzgar, ya que no conocemos los corazones de los demás ni sus sentimientos ni pensamientos; solamente Dios los conoce. Esa es la razón por la cual Jesús nos dice: «No juzguéis, para que no seáis juzgados, porque con el juicio con que juzgáis seréis juzgados, y con la medida con que medís se os medirá» (Mateo 7: 1, 2). Esto quiere decir que todo tiene una consecuencia.

«Examinaos a vosotros mismos, para ver si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos» (2 Corintios 13: 5). Si nos examinamos, encontraremos que estamos haciendo exactamente las mismas cosas que estamos condenando y lo que estamos haciendo, es tratar de desviar la atención hacia la otra persona que criticamos, para que no vean en nosotros los mismos defectos. Además, es probable que lo que estamos criticando o juzgando del otro, es pequeño en comparación de lo que padecemos. «Cristo no deja aquí a nadie libertad para juzgar a los demás. En el sermón del monte, lo prohibió. Es prerrogativa de Dios» (E. G. White, El Deseado de todas las gentes, pág. 745).

Tiene razón nuestro Señor, cuando dice: «¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano» (Mateo 7: 5). Cuando estamos libres de juicios, encontramos la paz y la satisfacción en los demás y en nosotros mismos; y podemos verlos como parte de una sola familia que vivirá junta en el reino de Dios.

Es buena idea animar a otros a encontrar el camino de la salvación en vez de juzgarlos. Las palabras del apóstol Pedro son ciertas:

Poned toda diligencia en añadir a vuestra fe virtud, a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia, a la paciencia, piedad, a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. Si tenéis estas cosas, y abundan en vosotros, no os dejarán estar ociosos ni sin frutos en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo (2 Pedro 1: 5-8).

Si amamos a los demás creceremos junto con ellos, en justicia y santidad, nos acercaremos más a Dios y estaremos preparados para convivir por la eternidad.


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