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Religión práctica

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«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo» (Lucas 10: 27).

ES UN PELIGRO ser religiosos pero no cristianos; creer en Dios pero no tener fe y confianza en el plan de salvación. La parábola dice que se acercó a Jesús un experto en la ley de Moisés y le preguntó qué podía hacer para heredar la vida eterna. Su respuesta se encuentra en el versículo de hoy. Esta es la esencia de una religión práctica, interna, que tiene que ver con el corazón, la mente y las fuerzas de todo el ser, para cuidar de los demás con amor; es el centro de la ley y la norma por la cual han de vivir los hijos de Dios.

Jesús dijo: «Haz todo eso y tendrás la vida eterna». Pero el hombre no quedó satisfecho con la respuesta. Quería saber quién era el prójimo al que Jesús se refería. Quería saber cómo amar a otros sin conocerlos y cómo ayudar sin que se lo pidieran. Jesús lo ilustró con la parábola del buen Samaritano, que menciona al hombre que descendió de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de ladrones y quedó moribundo junto al camino. Tanto el sacerdote como el levita que pasaron junto a él, no le prestaron auxilio, aunque pertenecían al oficio sagrado y representaban a Dios ante el mundo. Sin embargo, el Samaritano sintió misericordia, lo socorrió y cuidó hasta que mejoró.

La pregunta «¿Quién es mi prójimo?» está para siempre contestada. Cristo demostró que nuestro prójimo no es meramente quien pertenece a la misma iglesia o fe que nosotros. No tiene que ver con distinción de clase social o color de piel. Nuestro prójimo es toda persona que necesita nuestra ayuda.

Así es como llegamos a la siguiente conclusión: «El amor supremo a Dios y el amor imparcial al hombre son los principios que deben practicarse en la vida» (E. G. White, El Deseado de todas las gentes, pág. 498). Porque el amor de Dios en el corazón es la única fuente de amor al prójimo. Dice la Escritura: «El que ama a Dios, ame también a su hermano» (1 Juan 4: 21).