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Entrar por la puerta angosta

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«Esforzaos a entrar por la puerta angosta, porque os digo que muchos intentarán entrar y no podrán» (Lucas 13: 24).

LA PUERTA AL REINO DE DIOS siempre ha estado abierta. Mientras Jesús se encaminaba a Jerusalén, alguien le preguntó: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?». Jesús contestó con las palabras que leemos en el versículo de hoy. Por lo tanto, lo primero que necesitamos definir es quién es la puerta.

Cristo dijo: «Yo soy la puerta; el que por mí entre será salvo» (Juan 10: 9). También dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí» (14: 6). Si la entrada al reino es Jesús, necesitamos someternos a su voluntad y hacer lo que nos diga. Los problemas surgen cuando decidimos seguir nuestras propias inclinaciones por sobre los designios de Dios. Por eso al predicar el sermón del monte, Jesús dijo:

Entrad por la puerta angosta, porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella, pero angosto es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan (Mateo 7: 13, 14).

Así, hay dos puertas, dos caminos y dos destinos. Dos tipos de caminantes, los pocos y los muchos. Dos tipos de árboles: buenos y malos. Dos tipos de frutos: buenos y malos. Dos constructores: sabios y necios. Dos cimientos: la roca y la arena. Dos casas: la que resistió y la que se cayó.

El apóstol Pablo aconseja: «Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad» (Filipenses 2: 12, 13). «¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? La cual, habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron» (Hebreos 2: 3).

Se le concede al hombre una parte en esta gran lucha por la vida eterna: debe responder a la acción del Espíritu Santo. Debe ser activo, no pasivo. Está llamado a esforzar todo músculo y ejercitar toda facultad en la lucha por la inmortalidad; sin embargo es Dios quien imparte la eficiencia. Ningún ser humano puede salvarse en la indolencia (E. G. White, Consejos para maestros, padres y alumnos, pág. 352).

Esforcémonos con la ayuda del Señor y el Espíritu Santo para entrar por la puerta estrecha y alcanzar la vida eterna.