Regresar

El gozo que invade cuando hay esperanza

Matutina para Android

Play/Pause Stop
«Ellos, después de haberlo adorado, volvieron a Jerusalén con gran gozo; y estaban siempre en el templo, alabando y bendiciendo a Dios» (Lucas 24: 52, 53).

JESÚS, después de su resurrección, salió con sus discípulos de la aldea de Betania, y alzando sus manos, los bendijo. Luego, se separó de ellos y fue llevado al cielo (Lucas 24: 51).

Los discípulos se tomaron el tiempo necesario para adorarlo en el lugar donde ascendió a los cielos. Escucharon el testimonio de los ángeles, que decían que Cristo iba a ocupar el trono de su Padre en el cielo. No sabemos cuánto tiempo permanecieron en ese lugar pero sí sabemos que sus corazones estaban llenos de gran gozo, porque sabían que Jesús regresaría muy pronto conforme a su promesa.

Cristo vino a la tierra como Dios revestido de humanidad. Ascendió al cielo como rey de los santos. Su ascensión fue digna de su elevado carácter. Se fue como uno que es poderoso en la batalla, vencedor, que lleva cautiva la cautividad. Fue acompañado por la hueste celestial, entre ovaciones y aclamaciones de alabanza y canto celestial. Los discípulos pudieron escuchar solo por unos pocos momentos el canto de los ángeles cuando ascendía su Señor con las manos extendidas en bendición. No oyeron el saludo que recibió. Todo el cielo se unió para su recepción. No suplicó para entrar. Todo el cielo fue honrado con su presencia (E. G. White, manuscrito 34, l897).

El gozo de que Cristo vive para que nosotros también vivamos, que ascendió al cielo para que nosotros también ascendamos y nos dejó la esperanza de regresar pronto por su pueblo, debe mantenernos alabándolo siempre en el templo y bendiciendo su santo nombre. La ascensión de Jesús dio poder, sabiduría e inteligencia a sus discípulos.

Si anhelamos encontrarnos con Cristo y recibirlo en gloria y majestad, debemos guardar el gozo en nuestro corazón. En la Biblia en lenguaje actual, se lee: «Todos los días iban al templo para adorar a Dios» (Lucas 24: 53). El lugar donde Dios se encuentra con su pueblo es el templo, que él ha escogido para revelar su gloria y hablar con sus hijos. El Salmista David dijo: «¡Bienaventurados los que habitan en tu casa, perpetuamente te alabarán! [...] Mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos» (Salmos 84: 4, 10). Alabemos a Dios siempre.