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Gracias a Dios por el maravilloso don de la vida

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«Contigo está el manantial de la vida en tu luz veremos la luz» (Salmos 36: 9).

AUNQUE NO NOS DEMOS CUENTA, existimos por voluntad de Dios, y él nos trajo a este mundo para darnos la maravillosa oportunidad de la salvación eterna por medio de Jesucristo. Si lo aceptamos como nuestro Salvador personal, esta vida nuestra, dada por Dios, se prolongará por la eternidad, sin los inconvenientes, sufrimientos, achaques y enfermedades que suelen acosarnos en esta existencia. Sí, cada día debemos agradecer a Dios por el maravilloso don de la vida.

En la historia de los diez leprosos, ellos fueron sanados por Jesús mientras iban al sacerdote cumpliendo la orden de nuestro Señor. Entonces uno de ellos, al verse sanado, volvió alabando a Dios a gran voz. Se postró a los pies de Jesús y le dio las gracias. Además, era Samaritano. Entonces, Jesús preguntó: «¿No son diez los que han quedado limpios? Y los nueve, ¿dónde están? ¿No hubo quien volviera y diera gloria a Dios sino este extranjero?» (Lucas 17: 11-19). «Cuando los pecadores aceptan a Cristo como su Salvador personal [...] manifiestan al Divino Dador su alabanza y gratitud» (E. G. White, Alza tus ojos, pág. 168).

Por ejemplo, el cojo de nacimiento yacía por muchos años en una puerta pidiendo limosnas para sobrevivir. Cuando fue sanado por la mano poderosa de Dios y la intervención de Pedro y Juan, aceptó a Cristo Jesús como su Salvador y sanador. La Biblia habla de la enorme gratitud de este hombre y el gozo que embargaba su ser al ser tocado por Dios: «Saltando, se puso en pie y anduvo; y entró con ellos en el templo, andando, saltando y alabando a Dios. Todo el pueblo lo vio andar y alabar a Dios» (Hechos 3: 8, 9). ¿No es gratitud esto? ¿Cómo se siente el hombre que ha recibido de Dios la vida y la salud? Digamos todos: «Para siempre es su misericordia» (Salmos 136: 1).

«El Señor es bondadoso y quiere que su pueblo represente su bondad amante reconociendo a Dios en felices acciones de gracias. Todos los que aprecien los favores de Dios serán un pueblo feliz» (White, A fin de conocerle, pág. 128). ¿Queremos ser un pueblo feliz? Digamos a Dios: «Gracias por tu bondad y tu grande amor». Gracias por el maravilloso don de la vida. «Porque contigo está el manantial de la vida; en tu luz veremos la luz» (Salmos 36: 9).