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Gracias a Dios porque nadie nos ama tanto como él

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«De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna» (Juan 3: 16).

NADIE TE AMA TANTO como Jesús. San Pablo expresa: «Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo, con todo, pudiera ser que alguien tuviera el valor de morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Romanos 5: 7, 8).

El amor de Dios es desbordante y suficiente para satisfacer toda necesidad humana. Se podrá olvidar una madre de sus hijos, pero Dios no. Un padre podrá irse de la casa abandonando a la familia, pero Dios no. Juan, el apóstol del amor, dice: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados» (1 Juan 4: 10).

Digamos ahora. Te doy gracias, Padre del Cielo, este y todos los días de mi vida, por amarme, por tener tu mirada en mí y en los que amo. Hace mucho que te siento cerca de mí, sé que me cuidas, me buscas y, aunque no logro entender muy bien cómo puede ser que yo te sea útil, estoy seguro de que tú lo sabes. Me siento feliz de saber que me amas, me miras, escuchas mis súplicas, mis lamentos, mi gratitud y mi alabanza. Lo que soy y lo que vivo te pertenece, mi Dios. Nadie me sorprende tanto como tú, nadie me hace sentir tanta belleza inundando el mundo, por eso quiero estar cerca de ti, porque en tus manos no tengo miedo, ni angustia, porque en tu corazón encuentro el refugio seguro que necesito en medio de la tormenta cuando la voluntad de vivir se me extravía. Gloria a ti por siempre.

E. G. White enfatiza: «El pensamiento de que Dios nos ama como ama a su Hijo, debiera acercarnos a él en gratitud y alabanza [...]. Al meditar el pueblo de Dios en el plan de salvación, sus corazones se enternecerán con amor y gratitud» (E. G. White, A fin de conocerle, págs. 175, 266).

Como dice con maestría el autor: «Me llevó a la sala de banquetes y tendió sobre mí la bandera de su amor» (Cantares 2: 4). ¡Cuán grande e incomparable es el amor de Dios! ¡Cuán inmensa es su bondad y su felicidad! Ningún amor en la tierra se le puede igualar. Es este el amor que da sin esperar recibir, que lo da todo a cambio de nada. ¡Oh, Señor, cuánto nos amas, nadie nos ama como tú! ¡Enséñanos a amarte a ti como tú nos amas a nosotros!


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