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El poder de la alabanza y la gratitud

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«Cantad alegres a Jehová, toda la tierra, levantad la voz, aplaudid y cantad salmos» (Salmos 98: 4).

LA GRATITUD y la alabanza son expresiones que manan de un corazón redimido por nuestro Señor Jesucristo, que mana de hombres y mujeres que reconocen el poder de Dios, de aquellos que han tenido un encuentro personal con Cristo; al saber que Dios los ha perdonado, no pueden callar. Así que claman: «¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor Paz en el cielo, y gloria en las alturas!» (Lucas 19: 38).

Gratitud es confesar que Dios es excelso y perfecto, grande en misericordia y benignidad, lento para la ira y grande en amor profundo para toda la humanidad. Que busca con amor al que huye de él. Se inclina al lecho del dolor y toma en sus brazos al indefenso e incapaz de hacer algo por sí mismo. Al que dice como David: «Te alabaré, porque formidables y maravillosas son tus obras; estoy maravillado y mi alma lo sabe muy bien» (Salmos 139: 14).

La alabanza y la gratitud trajeron la gloria de Dios al templo. Salomón trasladó el arca del testimonio al Templo recién construido. La colocó en el Lugar Santísimo. Los levitas cantores con sus hijos y hermanos, tomaron címbalos, salterios y arpas, y se unieron a 120 sacerdotes que tocaban trompetas para rendirle gratitud y alabanza al Dios Altísimo, por el templo y el santuario para adorar. Hacían sonar, pues, los instrumentos y cantaban al unísono, alabando y dando gracias a Jehová. Sucedió que mientras ellos alzaban la voz al son de las trompetas, una nube llenó la casa de Dios, porque su gloria ocupó el Templo.

Otro hecho importante fue cuando el pueblo de Judá se vio amenazado por la guerra de los moabitas y amonitas. Le dieron aviso al rey Josafat que esos dos pueblos estaban listos para atacarlos. Entonces Josafat humilló su rostro para consultar a Dios. Proclamó ayuno y oración: «¡Dios nuestro! ¿No los juzgarás tú? Pues nosotros no tenemos fuerzas con qué enfrentar a la multitud tan grande que viene contra nosotros, no sabemos qué hacer, y a ti volvemos nuestros ojos» (2 Crónicas 20: 12).

El pueblo se inclinó a Dios y adoró, luego se organizaron para cantar vestidos de ornamentos sagrados. Entonces Dios puso emboscadas entre el mismo ejército enemigo, hubo confusión y entre ellos mismos se destruyeron. Judá no levantó una sola arma, solamente alabaron el nombre de Dios. El poder de la gratitud y la alabanza son grandiosos. Alabemos a Dios siempre.