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Gratitud por la grandeza de Dios

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«Al levantarse de nuevo de mañana, al siguiente día, Dagón había caído postrado en tierra delante del Arca de Jehová, y la cabeza de Dagón y sus dos manos estaban cortadas sobre el umbral; a Dagón solamente le quedaba el tronco» (1 Samuel 5: 4).

LOS ISRAELITAS estaban frente a frente en batalla con el enemigo. Habían sido vencidos por los filisteos y murieron cerca de 4000 hombres. Al ver que los filisteos habían ganado la batalla, el pueblo de Israel optó por llevar el arca de Dios al campamento. «Todo Israel gritó con júbilo tan grande que la tierra tembló. Al escuchar los filisteos las voces de júbilo dijeron: “¿Qué gritos de júbilo son estos en el campamento de los hebreos?”. Y supieron que el arca de Jehová había sido traída al campamento» (1 Samuel 4: 5, 6).

Los israelitas creían que el poder estaba en el arca para darles la victoria, pero el poder venía de la obediencia a la Ley de Dios que estaba dentro del arca. Asimismo, muchas veces nosotros confiamos en los objetos usados por Dios para mostrar su gloria, y no en el Dios del poder y la gloria.

El arca fue llevada por los filisteos a Asdod y la colocaron junto a Dagón. Al día siguiente, cuando los sacerdotes entraron para adorar, encontraron a Dagón postrado en tierra delante del arca de Jehová. Creyendo que era casualidad, lo colocaron de nuevo en su altar. Al siguiente día, Dagón había caído de nuevo postrado en tierra delante del arca, su cabeza y sus dos manos estaban cortadas y separadas del tronco.

E. G. White comenta: «El Señor permitió que su arca fuera tomada por sus enemigos, para mostrar a Israel cuán vano era confiar en ella, símbolo de su presencia, mientras se hallaban transgrediendo los mandamientos que contenía» (E. G. White, La historia de la redención, pág. 192).

Cuán grande es Dios. ¡Qué poder el suyo! Con un rayo de luz hace de un enemigo su apóstol, con una mirada arranca de los ojos de Pedro lágrimas que salvan, con una palabra resucita a Lázaro; con la orla de su vestido disipa el dolor y ahuyenta la muerte. ¡Inmenso poder! Ante él nos arrodillamos con reverencia.