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La habitación del profeta

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"Un día, cuando Eliseo pasaba por Sunén, cierta mujer de buena posición le insistió que comiera en su casa. Desde entonces, siempre que pasaba por ese pueblo, comía allí. La mujer le dijo a su esposo: Mira, yo estoy segura de que este hombre que siempre nos visita es un santo hombre de Dios. Hagámosle un cuarto en la azotea y pongámosle allí una cama, una mesa con una silla, y una lámpara. De ese modo, cuando nos visite, tendrá un lugar donde quedarse'' (2 Rey. 4: 8-10).

Ahora que la mayoría de nuestros hijos se han ido del hogar, tenemos más espacio en la casa. Por eso, preparamos una habitación para visitas en el piso más alto. Está decorado con los múltiples objetos exóticos que mis padres han coleccionado. Es una habitación hermosa, con estilo asiático. El único problema es que está en el ático, y solo se puede entrar subiendo una escalera y pasando por una trampilla.

Nos visitaron unos amigos de otro país, un pastor con su familia. Pensé en ofrecerles que ocuparan nuestra habitación durante su estadía, pero nosotros dormimos en una cama de agua. Por experiencia personal, sé que no puedes dormir bien en una cama de agua si no estás acostumbrado a hacerlo. Pero ¿cómo podía explicarles el acceso a la habitación para visitas?

Pensé en la historia bíblica de la habitación en el techo para el profeta, así que les anuncié que les habíamos preparado la "habitación del profeta". Ellos entendieron la alusión; no tuvieron ningún problema con la escalera y durmieron muy bien en el ático.

La mujer de Sunén quería suplir las necesidades del profeta porque vio que era un hombre de Dios. Siempre lo invitaba a comer, pero sentía que debía hacer más. Quería que se quedara más tiempo en la casa. Por eso agregó otra habitación en la parte de arriba de su casa. Y yo, ¿estoy así de interesada en que Dios viva en mi casa? ¿Quiero incluirlo en todo lo que sucede en nuestro hogar? ¿Tengo espacio para él en mi vida diaria? ¿Es mi casa una casa del Señor? "Si el Señor no edifica la casa, en vano se esfuerzan los albañiles" (Sal. 127: 1).

Al final, la casa más hermosa no tiene valor sin Dios. Pero, si el Señor vive en nuestro hogar hoy, un día viviremos en la casa que él nos está preparando ahora mismo. "En el hogar de mi Padre hay muchas viviendas; si no fuera así, ya se lo habría dicho a ustedes. Voy a prepararles un lugar. Y si me voy y se lo preparo, vendré para llevármelos conmigo. Así ustedes estarán donde yo esté" (Juan 14: 2, 3).

HANNELE OTTSCHOFSKI


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