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Una cebolla vidalia

Matutina para Android

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“Y si tu ojo te hace pecar, sácatelo. Más te vale entrar tuerto en el reino de Dios, que ser arrojado con los dos ojos al infierno" (Mar. 9: 47).

Cuando hago las compras, siempre adquiero una bolsa de cebollas, a fin de tener a mano para cocinar distintas recetas. Hace poco, mientras cortaba verduras aromáticas para agregarlas a otros ingredientes, noté que la cebolla parecía abollada en un extremo. Si hubiera sido una pequeña cebolla amarilla o un cebollín, la habría tirado y buscado otra. Pero esta era una cebolla vidalia grande y dulce, demasiado grande como para desperdiciar

La puse sobre la tabla de picar y, poquito a poquito, fui cortando las porciones feas, buscando salvar tanto como fuera posible. Finalmente, terminé tirando más de un cuarto de la cebolla. Luego, corté la parte que servía y la agregué a la preparación. Mientras la salteaba, olía tan deliciosa que me alegré mucho de haber salvado parte de ella, ya que lo que quedó era mucho mejor que nada.

Como profesional de la salud, a veces me toca hablar con algún paciente antes de una cirugía no deseada, como la amputación de una extremidad o la extracción de alguna parte del cuerpo. Me gusta decirle:

-¡Es mejor que ya no tengas esa parte destructiva a que no te tengamos para nada!

Y al pensar en mi cebolla vidalia, recuerdo Marcos 9: 47: “Y si tu ojo te hace pecar, sácatelo".

Cuando aceptamos a Jesús como nuestro Salvador, teníamos partes destructivas dentro de nosotros que debían ser podadas, cortadas o totalmente quitadas, a fin de que el Señor pudiera usarnos en su servicio. Algunos de nosotros hemos albergado en nuestros corazones avaricia, celos, contiendas, envidia u otros pecados. Estas cosas deben ser quitadas de nuestra vida, ya que el Señor, en su infinita misericordia, puede ver que lo que quede de nosotros puede ser usado gloriosamente para su servicio.

"Pero si nos juzga el Señor, nos disciplina para que no seamos condenados con el mundo" (1 Cor. 11:32). Todo lo que debemos hacer es decir, como el antiguo himno: “Tal como soy de pecador, sin otra fianza que tu amor" (Charlotte Elliott). El Señor tiene sus propias maneras misteriosas y fabulosas de prepararnos para ser buenos siervos aquí, en la Tierra, y para el nuevo cielo y la nueva tierra.

BETTY G. PERRY


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