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“¡No eres cristiana!”

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"Y conocerán la verdad y la verdad los hará libres” (Juan 8: 32).

Cuando llegué a casa desde la iglesia, mi esposo estaba terminando de preparar el almuerzo que yo había comenzado más temprano. Sin embargo, él estaba haciendo una salsa espesa, en lugar de la salsa de tomate que yo le había pedido.

-Nunca me escuchas -exploté con enojo-. Sólo haces lo que quieres. No me ayuda que no hagas lo que te pido.

Mi esposo me miró, y luego contestó:

-¡Ni siquiera eres cristiana!

Retrocedí hasta una esquina de la cocina. Estaba atónita. En otro momento, habría pasado el comentario por alto, pero ¿qué sabía él? ¿Iba a la iglesia cada semana y estudiaba la Biblia cada mañana? ¡No! Sin embargo, esta vez sentí que el Espíritu Santo me estaba hablando a través de él. ¿Por qué tan a menudo reacciono con enojo hacia mi esposo? me pregunté.

Entonces, sentí como si Dios me dijera: "Eres cristiana, sí, porque te importa que no me estás representando bien. Pero tu enojo no me representa. Quiero llevarte a otro nivel de semejanza con Cristo".

Sabía que Satanás, el acusador, no nos brinda palabras de esperanza junto con sus acusaciones, así que estaba segura de que Dios era quien me hablaba.

"Está bien, Padre", oré silenciosamente. "Voy a ayunar y a orar hasta que me muestres cuál es mi problema".

Al leer, estudiar y orar pidiendo sabiduría, Dios me llevó a la historia de David y Saúl. Me di cuenta de que yo también estaba llena de resentimiento. No, era más profundo que eso: estaba llena de envidia y, como a Saúl, eso me llevaba a tener una conducta irracional y palabras negativas. Pero ¿qué envidiaba? Entonces, Dios me mostró que envidiaba la relación de aceptación que mi esposo y mi hija adulta habían desarrollado. Me sentía dejada de lado y estaba haciendo mi vida, y la de todos los demás, miserable.

En lugar de sentirme devastada ante esto, estaba aliviada porque finalmente había entendido. Le dije, casi gritando: “Sí, Señor, llévate esto. ¡Sáname!"

Y lo hizo. Y soy libre. La verdad sobre mí misma me liberó. Dios sabía que debía entender esto antes de que mi hija viniera a pasar el verano en casa. Entonces, pude disfrutar del placer de ver a mi esposo y a mi hija trabajando juntos sin sentirme afuera. ¡Qué gran regalo de Dios!

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