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El beneficio de la sabiduría

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"Confía en el Señor de todo corazón, y no en tu propia inteligencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él allanará tus sendas” (Prov. 3: 5, 6).

Mientras me sentaba en soledad y en silencio para orar, todavía resonaban en mi mente las palabras de mi esposo. Él había hablado con mucha sabiduría, dándome una gran seguridad: "Lo único que puedes hacer es lo mejor que puedas", me había dicho. "Debes confiar en que Dios hará el resto". Este era el recordatorio que necesitaba, y me relajó de la misma manera que un vaso alto de limonada fresca en un día caluroso.

Había organizado un congreso para mujeres, y había invitado a noventa damas líderes del país; pero era evidente que habían llegado más concurrentes de lo que anticipado. Era la hora del almuerzo, y yo había encargado solo cien platos de comida.

Había indicado a las mujeres que salieran de la sala de conferencias del hotel Radisson y que fueran al cercano Animal Park, donde almorzaríamos juntas. A orar en privado, pedí a Dios: "Así como multiplicaste los cinco panes y los dos peces, ¿podrías, por favor, multiplicar este almuerzo, para que nadie se quede sin un plato de comida?"

Caminé hasta el Animal Park, donde las asistentes me esperaban. Apenas llegué, la cocinera se me acercó y me dijo, muy nerviosa:

-Pensé que me dijiste que trajera 100 porciones de comida, pero ya serví 101. Necesito algunos platos más

En su mente, había cocinado para alimentar a cien personas, con un plato extra... por las dudas. Pero Dios ya sabía que no sería suficiente, y lo había multiplicado. La cocinera sirvió a veinte mujeres más, y todavía quedaba comida en las olas que había traído al parque. Hubo suficiente para toda la concurrencia.

Los discípulos también se preocuparon por la comida y clamaron a su Maestro. "Este es un lugar apartado y ya es muy tarde. Despide a la gente, para que vayan a los campos y pueblos cercanos y se compren algo de comer" (Mar. 6: 35, 36). Pero Jesús tomó unos pocos panes y peces, agradeció por ellos, y proveyó a todos una comida suculenta. Nuestro Dios es un Dios de milagros. Cuando no podemos ver ninguna solución, debemos tener fe y depender de sus promesas. Nuestra fe explícita en el Padre es la única cosa de valor a la cual podemos aferrarnos cuando llegan los problemas.

VELDA M. JESSE


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