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Un roce con la muerte

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"El ángel del Señor acampa en torno a los que le temen; a su lado está para librarlos" (Sal. 34: 7).

Era un miércoles de mañana, un feriado nacional, y acababa de llevar a sus casas a algunas "hijas de la iglesia" luego de una reunión de camaradería. Antes de salir hacia mi casa, a una media hora de distancia, mi amiga Pauline sugirió que me acostara a dormir un rato y fuera a mi casa más tarde. Estoy bien, pensé, y cuando llegue a casa puedo dormir sin pensar en tener que manejar más tarde. Así que, le agradecí y me partí.

Como a mitad de camino, comencé a sentirme muy cansada. Abrí las ventanillas del vehículo para que corriera aire fresco y subí el volumen de la radio, buscando mantenerme alerta. Recuerdo que estaba escuchando el comentario radial del partido de críquet, que no es mi deporte preferido, cuando de repente, sin advertencia alguna, en cuestión de segundos, me quedé dormida. El vehículo se salió del carril izquierdo de la ruta (en Jamaica manejamos del lado izquierdo) y cruzó al carril derecho. Lo siguiente que supe es que desperté al sentir el impacto de mi auto golpeando y, luego, subiendo el terraplén del lado opuesto de la ruta.

Literalmente, temblaba como una hoja. Al recuperar mi compostura, dirigí mi auto hacia el lado izquierdo de la ruta. No había ningún vehículo a la vista. Pero apenas había terminado la maniobra, pasó un taxi a toda velocidad en la misma dirección que yo. Estaba lleno de pasajeros, y algunos me gritaron al pasar, preguntándome si estaba bien. Detuve el auto en un lugar seguro, y agradecí a Dios por preservar mi vida.

Conducir requiere de mucha concentración, ¡especialmente en las rutas rurales de Jamaica! Pero, yo me había dormido. Como era un feriado, esa ruta sinuosa, que generalmente está repleta de autos que avanzan a gran velocidad, estaba casi vacía. El accidente ocurrió en una de las curvas más cerradas del área. Nadie querría detenerse allí, especialmente del lado equivocado de la ruta. Sin lugar a dudas, mi Maestro estuvo trabajando.

Amigas, servimos a un Dios que nos ama y nos cuida. Vivimos cada día gracias a su misericordia, no a nuestra bondad. Esta experiencia me recuerda que esa mañana podría haber sido la última de mi vida. ¿Estaba preparada? ¿Estamos preparados para que Jesús vuelva? Entonces pensé. Quizás el Señor todavía tiene trabajo para que yo haga. Permitámosle que nos use. Mi deseo es que estemos todas preparadas, permanezcamos preparadas y vivamos cada día como si fuera nuestro último día, pues no sabemos cuándo lo será.

DONETTE JAMES


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