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Un ángel nos cruzó

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"Porque él ordenará que sus ángeles te cuiden en todos tus caminos. Con sus propios manos te levantarán para que no tropieces con piedra alguna" (Sal. 91: 11, 12).

A comienzos de 1970, yo tenía unos quince años, pero ya había comenzado mi carrera docente. Mi primer trabajo fue en la zona rural de Belice, en América Central. Para llegara la escuelita, había que caminar casi 13 kilómetros (29, si perdíamos el único medio de transporte para los primeros 16). Poder viajar en la parte trasera de esa camioneta parecía tan bueno como estar sentados en un auto deportivo.

Un domingo, mi hermano de nueve años y yo no llegamos a tiempo para subir a la camioneta. Suspiramos profundamente, al empezar a caminar los 29 kilómetros, con muy pocas esperanzas de que pasara un vehículo que nos pudiera transportar parte del camino. El sol fuerte hacía que el viaje fuera aún más terrible; hasta los árboles que bordeaban la ruta parecían languidecer.

Estaba por ponerse el sol, cuando llegamos al río. Generalmente, los amables miembros de iglesia que vivían cerca del río dejaban una pequeña canoa que la maestra podía usar para cruzarlo. Pero, ese domingo, la canoa no estaba. Sin embargo, del otro lado del río, nos esperaba un caballo afable. "Admiral", mi caballo preferido hasta el día de hoy, estaba a menos de un kilómetro de distancia; tan cerca, pero tan lejos. ¿Tendríamos que cruzar nadando? Yo podía hacerlo y parecía ser mi mejor opción, pero no quería que mi hermanito tuviera que hacer eso. Así que, allí, a la orilla del río, mientras las sombras se hacían más largas, tomé a mi hermanito de la mano y hable al Único que sabía que podría ayudarnos.

No tenía idea de cómo llegaría la respuesta, pero solo tardó unos pocos segundos. Apareció un caballero que se asemejaba a la gente que vivía un poco más arriba del afluente, en una pequeña canoa, similar a la que yo generalmente usaba. Se ofreció a ayudarnos a cruzar el río. Cuando bajamos en la otra orilla y me di vuelta para agradecerle, ya no estaba allí. Había desaparecido tan repentinamente como había aparecido. Qué extraño, pensé. Hasta ese momento, había parecido muy normal.

Montamos el caballo y comenzamos la última parte de nuestro viaje. Las personas que vivían cerca del río quedaron atónitas al vernos.

-¿Cómo cruzaron? -nos preguntaron, mientras se disculpaban por no haber dejado la canoa a tiempo.

Nadie conocía al caballero que describí. La promesa de Dios en el versículo de hoy había sido cumplida ante nuestros ojos. Mi fe, y la de mi hermanito, se volvieron mucho más fuertes. No veo la hora de conocer a ese ángel y escuchar e resto de la historia.

 

CLAUDETTE GARBUTT-HARDING


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