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Él oye mi clamor

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"El Señor ha escuchado mis ruegos, el Señor ha tomado en cuenta mi oración" (Sal. 6: 9).

Mi hija se parecía mucho a su padre y era muy apegada a él. Cuando él falleció unas semanas después de que ella cumplió dos años, mi niña estaba devastada. Lloraba, se prendía de mí y nunca quería estar sola. Era como si temiera que yo también desaparecería como su padre. Los niños lloran por muchas razones: por comida, consuelo, atención, etc. Mi hija lloraba mucho reclamando atención. Cada vez que lloraba, esperaba que yo dijera "Lo siento". Luego de eso, dejaba de llorar.

Un día, fue a jugar con otros niños que vivían cerca. Yo estaba feliz de que estuviera superando el trauma. Estuvo afuera por más de una hora, pero llegó a casa llorando y yo no podía entender qué había sucedido. Pensé que se calmaría pronto, pero no fue así. Traté de abrazarla. Dije la frase mágica, "Lo siento", varias veces, pero no ayudó. Presioné y miré todo su cuerpo, para verificar si se había lastimado o si tenía un hueso roto. No encontré nada que pudiera hacerla llorar. Mis vecinos vinieron a ayudarme a consolarla. Trajeron juguetes, galletitas, chocolates. Pero ella seguía llorando. Se fueron, y quedé sola con mi hija llorando. Desesperada, le di un remedio para el dolor. Cuando se puso el sol, ella estaba exhausta de tanto llorar y se quedó dormida. Pero noté que, aun durmiendo, estaba incómoda. A cada ratito se daba vuelta, mientras se quejaba. Esto era muy extraño. Había probado todos los trucos y los conocimientos de cuidado maternal que conocía sin éxito, así que me arrodillé a orar. No tenía un esposo que me pudiera dar el apoyo que necesitaba en ese momento, por lo que clamé al Esposo de todas las viudas. Clamé al Señor pidiéndole ayuda, porque nada de lo que había probado había funcionado.

Dios oyó mi oración. Después de orar no pude dormir, así que me quedé observando cuidadosamente el rostro de mi hija. De repente, algo me dijo que mirara aún más de cerca. Entonces, su naricita me llamó la atención y vi que tenía un pequeño objeto adentro. No podía imaginarme qué era. Era casi medianoche y no podía llamara un médico, entonces, decidí sacárselo yo misma. Era un pedacito de tiza. Le puse una crema en la nariz, y ella durmió como un angelito por el resto de la noche.

Es maravilloso saber que Dios, quien nos da tantas promesas maravillosas, realmente se preocupa por nosotros. Él nunca nos abandonará.

 

TAIWO ADENEKAN


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