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Una experiencia, de Tierra Santa

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"Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna" (Juan 3: 16).

Recientemente participé de un tour por Tierra Santa, y tuve la bendición de ver los lugares en los que Jesús estuvo mientras vivió en esta Tierra. Visitamos la Iglesia de la Natividad, el lugar donde se cree que Jesús nació, y vimos el establo donde los animales fueron testigos de su nacimiento. Sentí mucha humildad, al ver la iglesia que se construyó en la ubicación supuestamente correcta, para conmemorar este evento importante en la historia.

Tuvimos el privilegio de hacer un paseo en barco por el mar de Galilea. Podíamos imaginarnos a Jesús predicando a las multitudes reunidas en las colinas cercanas a la orilla, desde uno de los barcos pesqueros. Podíamos visualizar a Cristo durmiendo en el fondo del bote mientras la tormenta rugía, y casi pudimos escuchar su voz ordenando a las olas y al viento que se quedaran quietos. Queríamos ser valientes como Pedro y ¡caminar sobre el agua al encuentro del Señor! Subimos la montaña en la cual Jesús pronunció las Bienaventuranzas y admiramos los hermosos jardines que abundan. Visitamos el Río Jordán, donde Jesús fue bautizado, y presenciamos que 19 personas renovaban sus votos bautismales ese sábado de tarde. Podía escuchar el regocijo del cielo, al ser testigo de esos hijos de Dios que volvían a entregarle sus vidas.

Al visitar el Monte de los Olivos, casi podía ver el rostro de Jesús, bañado en lágrimas, pidiendo al Padre que quitara ese trago amargo de delante de él, de ser posible. Aunque sabía que no había cometido pecado, eligió sacrificarlo todo por nuestra redención. Tuve el privilegio de visitar un aposento alto, donde quizá Cristo pasó esos últimos momentos con sus discípulos antes de la crucifixión. Caminar por la Vía Dolorosa y ver el Gólgota donde Cristo fue crucificado me hicieron sentir aún más agradecida por el gran sacrificio que Jesús hizo por todos nosotros. Su muerte en la cruz nos ha dado la promesa de la vida eterna. La tumba vacía es un recordatorio de que resucitó de los muertos, y de que nos está representando ante el Padre.

Esta experiencia ha incrementado mi deseo de servir a Dios y de compartir su amor con otros. Ha fortalecido mi fe en él y renovado mi compromiso de seguirlo todos los días de mi vida. Él verdaderamente es el Señor de amor, que eligió morir en la cruz para darnos el regalo de la salvación.

RHONA GRACE MAGPAYD


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