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A través de los ojos de un gatito

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"Fíjense en los cuervos, no siembran ni cosechan, ni tienen almacén ni granero; sin embargo, Dios los alimenta. ¡Cuánto más valen ustedes que las aves!" (Luc. 12: 24).

Luego de que mi esposo, que es pastor, se fue a trabajar, comencé a ordenar las cosas que estaban desparramadas por la sala de estar. Mientras lo hacía, hablaba con el Señor. Nos habíamos mudado a un nuevo lugar y no estaba segura de cómo sería la vida. Lo seguro era que estábamos con muy poco dinero. Y también me sentía vacía emocionalmente. ¿Con qué tipo de personas tendría que tratar ahora? Todavía era joven y estaba luchando por aprender a hacer frente a la vida como esposa de pastor.

Eunie, nuestra hija de un año, estaba en la cuna frente a la cocina, jugando ruidosamente con su pelota de colores preferida. Abruptamente, mientras yo estaba distraída hablando con el Señor, me di cuenta de que ella estaba increíblemente silenciosa. La miré, y sus ojos estaban fijos en algo en la cocina; su rostro demostraba sorpresa y terror. Inmediatamente fui a investigar.

Lo que encontré fue un gato desconocido sobre la mesa, mirando fijamente a Eunie. Su garra estaba sobre la cabeza del pescado que sería nuestro almuerzo. Estaba horrorizada, porque mi esposo estaría fuera de casa por varios días, y solo nos había dejado una taza de arroz para cocinar y el pescado que estaba sobre la mesa. No teníamos comida para el día siguiente, así que necesitaba ese pescado.

La mirada de Eunie parecía decir: "¡Haz algo, mami!" Me acerqué lentamente a la mesa y logré asir la cola del pescado para sacarlo de allí. El gato gruñó y bufó de manera hostil, mientras agarraba el otro extremo del pescado y trataba de correr. Pero mi mano también fue veloz. Corté un pequeño trozo de pescado y se lo dial gato, el cual se fue corriendo muy feliz con su porción. Pasó el día. Ya casi había anochecido y estaba planificando ir a acostarme temprano, cuando escuché un golpe insistente en la puerta. Al abrirla, me sorprendió mucho ver a una mujer sosteniendo una gran canasta llena de frutas, verduras, arroz y pescado. Ella entró, la puso sobre la mesa y se fue. A la mañana siguiente, vino un pastor laico a visitarnos con un gran cacho de bananas y otras verduras. Las provisiones continuaron llegando hasta que mi esposo regresó. Pero nunca volví a ver a ese gatito.

Desde entonces, cada vez que las dudas me sobrepasan, recuerdo los ojos de ese gatito. Dios está listo para suplir nuestras necesidades, ya sean materiales o emocionales, ya sea nutrición para el cuerpo o para el alma. Cuando confiamos completamente en Dios, nuestras actitudes y deseos se convierten en los suyos.

LEAN A. SALLOMAN


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