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Con Dios, no hay problema

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"El Señor es mi pastor, nada me falta" (Sal. 23: 1).

Una hermosa mañana soleada, mi esposo, Wilson, y yo decidimos ir a la ciudad a comprar algunas provisiones para el fin de semana. Mientras Wilson manejaba nuestra camioneta, nos llamó la atención la calcomanía en la parte trasera del auto que iba frente a nosotros. Era el conocido versículo de Salmo 23: 1, escrito de esta forma: "El Señor es mi pastor, ¡no hay problema!" No pudimos contener una carcajada. Pero los recuerdos me transportaron varios años atrás, al comienzo de nuestro ministerio.

Wilson formaba parte de los pastores jóvenes del distrito cuando llegó a casa de la reunión mensual de obreros. Lo vi preocupado, cuando me dio un sobre con el estado de cuenta y solo 81,50 pesos filipinos (menos de dos dólares).

-Esto es todo lo que tenemos para vivir este mes -me dijo suavemente.

-¿Qué? -exclamé, mientras rodaban lágrimas por mis mejillas.

Una hora después, el administrador de nuestra vivienda esperaba que pagáramos el alquiler: 250 pesos filipinos. Fui hasta nuestra habitación y mi esposo me siguió. Un poco después, me dijo:

-Intenta mirar el informe financiero. Casi todas las deducciones fueron por los materiales.

Su voz se quebró ante mi silencio.

-Dios proveerá -me consoló.

Entonces, sugirió que fuéramos a distintas iglesias ese mes, visitando hogares durante el día y dirigiendo seminarios en las noches. Estábamos seguros de que los miembros de iglesia nos darían de comer, y que ellos también serían bendecidos por nuestras visitas y seminarios. Yo le respondí:

-Está bien. Preparemos el equipaje para salir mañana y regresemos el día anterior a la próxima reunión de obreros.

Justo antes de terminar nuestra oración, escuchamos que alguien golpeaba la puerta. Wilson fue inmediatamente a ver quién era. Para nuestra sorpresa, era uno de los ancianos de una de las iglesias cercanas más grande.

-No me quedaré mucho tiempo -dijo-. Solo vine a traer el pago completo de las Guías de Estudio de la Biblia que recibió la iglesia.

Entonces, nos dio una buena cantidad de dinero y se fue. Mi esposo me abrazó y exclamó:

-¡Definitivamente, Dios es bueno todo el tiempo!

Mientras seguíamos detrás de ese auto, yo tenía una sonrisa en el rostro y una canción en el corazón. Comencé a tararear "Cómo podré estar triste". Llegamos a nuestro destino, donde compramos lo que necesitábamos. El mensaje de aquella mañana nos recordó que "El Señor es mi pastor, ¡no hay problema!"

SHIRLEY CADIZ AGUINALDO


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