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No corras, ¡escribe!

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“Planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza” (Jer. 29: 11).

En mi segundo año de universidad, sentí una punzada especial. Era como si Dios me estuviese llamando a escribir lecturas devocionales; pero pensé que eso no podía ser cierto. Además de que escribir ese tipo de contenido nunca me aseguraría el éxito personal del que muchas personas dependían, creí erradamente que las personas de mi edad no escribían lecturas devocionales. Rechacé el pensamiento con casi tanta rapidez como había llegado. Lo empujé a un extremo de mi mente y lo dejé allí, mientras seguía con mi trabajo, mis estudios y mi vida. Pero, de tanto en tanto, esa pequeña idea que había apartado me saludaba, como si estuviera diciendo: ¡Todavía estoy aquí!

Durante los siguientes cinco años, me vi zarandeada por frustraciones, desolación y descubrimientos personales. Finalmente, me encontré en un punto en que estaba a solas con Dios. Oré fervientemente: "Querido Dios: ¿qué quieres que haga?" A los pocos días, la pequeña idea que había alejado de mi mente por tantos años avanzó hasta el frente.

Aunque había preguntado a Dios qué hacer, no estaba muy dispuesta a avanzar.

"Pero, Señor”, razonaba, “no tengo una computadora adecuada. ¿Cómo podré escribir sin una computadora?"

Quizás haya pensado que estaba presentando algo difícil a Dios, pero tres meses después llegó a mi puerta una computadora portátil nueva y una impresora. Había ganado un concurso del cual había olvidado haber participado hacía unos meses. ¿Podía seguir negando que Dios me estaba guiando a escribir una lectura devocional? Puede ser que no... para otras personas; pero yo necesitaba más pruebas.

Comencé a escribir a regañadientes. Luego de unas pocas semanas, comencé a sentirme desanimada y a preguntar: "¿Quién va a leer esto, Señor? ¿Quién leerá lo que escribí y sentirse animada? Lo estoy leyendo y no me siento para nada animada".

Unos días después, mi hermana me pidió que escribiera unas palabras de ánimo para una de sus compañeras de trabajo. Yo lo dudé, pero esta vez no huí: escribí. La compañera de trabajo le agradeció mucho y, desde entonces, varias veces me ha pedido que le escriba. Me dijo que siente que mis palabras son de gran bendición y, a menudo, me animó a continuar escribiendo.

Cuando le pidas algo a Dios, ¡debes estar preparada para la respuesta!

MAXINE YOUNG


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