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La esperanza de una madre

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"No nos trata conforme a nuestros pecados ni nos paga según nuestras maldades” (Sal. 103: 10).

Mónica sabía que era demasiado tarde, pero igualmente se postró sobre sus rodillas al lado de la cama de su hijo. "Señor, perdóname por no orar lo suficiente mientras él crecía. Perdóname, por pensar que podía influenciarlo para elegirte solamente enseñándole sobre Jesús. Perdóname, por confiar en mí misma".

Era medianoche, y su "niño" estaba en el profundo sueño de los jóvenes. Al levantarse de sus rodillas, observó la figura dormida: su cuerpo atlético, el grueso cabello rubio que rodeaba su hermoso rostro y el ritmo constante de su respiración. Estaba asombrada de cuán hábil y servicial era ante una necesidad, de su cálida y agradable personalidad, que la llenaba de gozo vio el afecto y la amabilidad con que trataba a los ancianos y a los más pequeños, y lo amaba con toda la devoción de una madre.

Pero aquí estaba su dolor. Su hijo no amaba a Dios. Años de cultos familiares, Escuela Sabática, escuela parroquial y eventos eclesiásticos para los jóvenes habían resultado en incredulidad. Debe ser mi culpa, razonó. Repasó la manera en que lo había educado y concluyó, con tristeza, que no había involucrado lo suficiente a Dios. Reflexionó que, si pudiera volver el tiempo atrás, oraría y dependería mucho más de Dios para la conversión de su hijo. Le demostraría su relación personal con el Señor y él vería lo vital que es una conexión así.

Entonces, recordó las promesas de las Escrituras y supo que Dios no la había abandonado. Incluso en ese momento, Dios estaba caminando con ella y escuchando cada una de sus oraciones. Finalmente, Mónica había aprendido lo indispensable que es tener una relación viva con Dios. "Como ahora confío más en él, puedo ver la mano de Dios actuando en nuestras vidas, especialmente en la vida de mi hijo". Confiesa ella.

La historia de Mónica es de un trabajo en progreso. No tiene un resultado milagroso o un final espectacular… todavía. Pero ella pertenece a Dios, así que su historia es también la historia de Dios. A través de la oración, está incluyendo al Dios que nunca duerme. Está llamando a Aquel cuyo poder no tiene límites y cuya sabiduría no tiene fin. Pero ¿hay algo que todavía puede hacer ella por su hijo? Ella puede continuar; continuar orando, continuar amando, continuar creyendo y continuar esperando. "Que el Dios de la esperanza los llene de toda alegría y paz a ustedes que creen en él, para que rebosen de esperanza por el poder del Espíritu Santo" (Rom. 15: 13).

CAROLE FERCH-JOHNSON


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