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Dos vestidos para la boda

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“Al que puede hacer muchísimo más que todo lo que podamos imaginarnos o pedir por el poder que obra eficazmente en nosotros, ¡a él sea la gloria en la iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones, por los siglos de los siglos! Amén.” (Efe. 3: 20, 21).

¡El aire estaba cargado de emoción! Mi hijo mayor iba a casarse en un mes. Como madre del novio, tenía que verme bien.

Los preparativos para la boda habían sido más costosos de lo que había anticipado. Nuestro país acababa de cambiar su moneda operativa por una moneda fuerte: dólares estadounidenses. La economía todavía estaba tratando de ponerse al día y los precios en los negocios eran exorbitantes, ¡especialmente la ropa!

Dios realizó muchos milagros por mi familia durante los preparativos para la boda, y varios servicios nos bajaron el precio. Puse mi fuerza, valor y fe en que Dios, que nos había guiado hasta el momento, también se aseguraría de que tuviera un vestido que deseaba para la boda. Tenía dos cuñadas en el extranjero y les conté de mi necesidad. Ellas prometieron traer un vestido y zapatos para mí, cuando vinieran para la boda. Sin embargo, no pudieron conseguir boletos de avión. Naturalmente, yo entré en pánico. No tenía dinero para un vestido y la fecha se acercaba.

Dos semanas antes de la boda, decidí ir al pueblo a buscar un vestido. El Señor me dirigió a una boutique que tenía vestidos preciosos y encontré uno que me gustó, solo que salía ¡doscientos pesos! Decidí que lo quería, y confié en que Dios me haría llegar el dinero que necesitaba.

La semana siguiente, luego de terminar el culto de oración que se llevó a cabo en mi casa, una de las damas se quedó atrás. Pensé que solo quería charlar y me sorprendió porque, en general, ella volvía rápidamente a su hogar para estar con su familia. Me preguntó si había comprado mi vestido. Le conté que había visto uno en el pueblo, pero que no tenía el dinero para pagarlo, pero que sabía que Dios me lo daría de alguna forma. Me preguntó cuánto salía. Entonces, me dijo que no tenía el dinero allí, pero que me iba a comprar ese vestido. ¡Qué respuesta a mi oración!

Unos días antes de la boda, mi cuñada me llamó por teléfono para decirme que había encontrado a alguien que viajaba a nuestro país y le había dado mi vestido para la boda, para que me lo hiciera llegar. ¡Ahora, tuve el problema de elegir qué vestido usar! Mi Dios había provisto muchísimo más de lo que le había pedido. ¡Dos conjuntos preciosos! ¡A qué Dios poderoso servimos!

ALICE MAFANUKE


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