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El pan que vino del cielo

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"Elías miró a su alrededor y vio a su cabecera un panecillo cocido sobre carbones calientes, y un jarro de agua. Comió y bebió, y volvió a acostarse" (1 Rey. 19: 6).

Fuimos los primeros residentes del barrio Alvorada I en Manaus, Amazonas. Mis padres recibieron un terreno del gobierno y mi padre construyó una choza en la calle ocho. Él dijo: "Era una casa graciosa. No tenía paredes ni nada". Vivíamos todos juntos: mi tía María, mis padres y mis cuatro hermanas. Yo solo tenía cuatro años, pero la recuerdo.

Un día, mi padre llegó a casa del trabajo. Era viernes, el día de preparación, y los niños lo habíamos estado esperando ansiosamente. Verás, no habíamos tenido nuestras comidas usuales ese día, así que nuestra madre nos calmó diciéndonos que papá volvería pronto con una merienda. Generalmente, él también traía el almuerzo y la comida para el día siguiente. Sin embargo, cuando papá llegó a casa, fue con la noticia de que había sido un mal día. Él era un barquero que ayudaba a las personas a cruzar el Río Negro de una orilla a la otra y vendía refrigerios a los pasajeros. Pero, como ese día había llovido mucho, no había tenido ningún cliente. Agregó que los refrigerios habían "criado gusanos", que era su forma de decir que se habían echado a perder. Sin dinero y sin almuerzo, los niños nos pusimos triste, además de hambrientos.

Pero mamá nunca perdió su fe y reunió a la familia para el culto vespertino. Poco después, era nuestro horario de acostarnos. Pero, mientras nos preparábamos para ir a la cama, alguien llamó a nuestra puerta. Un auto se había detenido frente a la choza y alguien había bajado llevando una caja. Sin explicación alguna, el hombre dejó la caja frente a nuestra puerta. ¡Tenía suficiente comida como para alimentar a toda nuestra familia por varios días!

Nuestros corazones desbordaban de gozo y la familia entera se arrodilló para agradecer a Dios por el milagro que había realizado. Así como Dios alimentó a Elías en el desierto, había alimentado a sus hijos… literalmente. Él nos envió lo que necesitábamos. A su vez, todo lo que él deseaba era que no perdiéramos la fe. Él provee lo que necesitamos incluso antes de que lo pidamos, porque nos conoce muy bien.

Nosotros hemos crecido, pero no hemos olvidado el milagro que experimentamos en nuestra niñez. Joel nos dice: “Cuéntenselo a sus hijos, y que ellos se lo cuenten a los suyos, y estos a la siguiente generación" (Joel 1: 3). Así que hoy, se lo contamos a nuestros hijos, quienes lo contarán a otras generaciones. Y el nombre de Dios será exaltado para siempre.

ESTER FIGUEIREDO ARAUJO


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