Regresar

Prometida a Dios

Matutina para Android

Play/Pause Stop
"Pon tu esperanza en el Señor, ten valor cobra ánimo: ¡pon tu esperanza en el Señor!” (Sal. 27: 14).

Tuve el privilegio de nacer en un hogar cristiano. Mi padre era fiel a Dios en todo. Incluso ante dificultades financieras, sin tener suficiente para mantener a su familia, él buscó mantener en todo momento una vida de comunión con Dios. Predicaba y daba estudios bíblicos, confiando en las promesas de Dios. Pero nunca imaginó que luego de dos meses de vida, me diagnosticarían una enfermedad incurable. Él sabía que perdería a su pequeña Débora antes del año de vida.

Luego de muchas noches sin dormir y de gastar todo lo que tenía, no le quedaban esperanzas; los médicos lo dijeron. Ahora solo esperaba un milagro de Dios.

Entonces, una hermana de iglesia ofreció a mi padre un té en particular para darme. Dijo que me ayudaría. Esa noche, mi padre decidió que antes de darme el té, haría la siguiente oración: "Oh, Dios: si es conforme a tu voluntad que mi hija crezca y llegue a ser una sierva de Dios, una mensajera de tu Palabra, alguien que complazca al Padre Celestial y a sus padres terrenales, que este té la cure. De lo contrario, que esta noche sea su última noche con vida".

Luego, pasó la noche más larga de su vida, ansioso por ver a su pequeña niña al día siguiente. Al amanecer, antes de ir a ver cómo estaba, oró: "Oh, Dios: te agradezco si mi hija está viva, porque sé que tienes grandes planes y sueños para su vida. Y si está muerta, también te agradezco, porque tú sabes lo que es mejor". Entonces, fue a mi habitación, y vio que yo estaba despierta y sonriendo. Gritó a mi madre: "¡Dios curó a nuestra hija!" Desde ese día, no me volvieron a llevar a médicos. Dios me había curado.

Crecí con el deseo de ser una gran mensajera de Dios. Hoy cumplo mis sueños, trabajando como misionera para Jesús en el Amazonas. Al salir con mi esposo, que es pastor, busco animar a los miembros de iglesia a mantener una vida de comunión con Dios. Todo lo que soy y todo lo que tengo se lo debo a mi Padre celestial y a mi padre terrenal, quien un día rogó a Dios por mi vida.

Mi querida amiga, la mayoría de nosotras sabe que nuestros padres terrenales nos aman; pero todas sabemos que nuestro Padre Celestial siempre nos ama y siempre hará lo que es mejor para nosotras. Simplemente, confía y entrégate en los brazos de nuestro amante Padre Celestial.

DEBORA DE SOUZA


Envía tus saludos a: