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Haciendo señas para que entre

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"Practiquen la hospitalidad entre ustedes sin quejarse” o (1 Ped. 4: 9).

El viento comenzó a soplar con más fuerza y vi, por la ventana, una planta colgante que se mecía para todos lados, así que me apuré a entrarla. Los enormes sauces que bordean nuestra entrada se sacudían violentamente, crujiendo mientras trataban de permanecer erguidos. Entonces, por sobre el rugido del viento, escuché el sonido de un motor y vi a un hombre conducir su hermosa motocicleta Harley-Davidson nueva, buscando refugio contra la tormenta bajo los sauces. Sabía que había lugar en nuestro garaje así que, sin pensarlo, le hice señas para que entrara. Abrí la puerta del garaje y vi a un hombre agradecido entrar su motocicleta.

Lo invité a pasar a la casa y mi esposo se nos unió al sentarnos a conversar. A través de las ventanas, observamos la fuerza de la tormenta. La lluvia y el granizo golpeaban el suelo. Era evidente que nuestro invitado inesperado estaba feliz de que su motocicleta estuviera protegida de aquellos elementos.

Esa tarde había estado horneando, por lo cual la casa estaba bañada en el aroma de magdalenas recién horneadas. El olor era tentador, así que preparé y serví varias magdalenas con manteca. Al hablar, nos enteramos de que nuestra visita vivía en un pueblo cercano y estaba volviendo a su casa del trabajo. Lo invitamos a usar nuestro teléfono para avisar a su familia que estaba bien y, luego, seguimos conversando hasta que pasó la tormenta. Sentimos que habíamos hecho un nuevo amigo y nos despedimos con mucho gozo.

Esta experiencia me recordó las numerosas ocasiones en que abrimos las puertas de nuestro hogar a amigos, familiares, vecinos, e incluso a desconocidos. Todas estas experiencias han enriquecido nuestra vida. Ya fuera un viajero cansado que necesitaba ayuda o una feliz reunión familiar, la hospitalidad que pudimos extender regresó como una bendición para nosotros. Frecuentemente, decimos a nuestros amigos y conocidos que "el hotel está siempre abierto". El esfuerzo de ofrecer una cama y desayuno a nuestros invitados nos ha dejado con recuerdos preciosos y muchísimos nuevos amigos.

Invitar al Señor a nuestro hogar nos deja más bendiciones de las que podemos contar. Ni siquiera tengo que hacerle señas para que entre, solo tengo que abrir mi corazón e invitarlo a vivir allí. Él no es un huésped ocasional, sino que siempre está presente. Su amor nos refugia de las tormentas y nos mantiene a salvo.

EVELYN GLASS


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