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Cuidado adicional

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"El Señor te protegerá de todo mal protegerá tu vida. El Señor te cuidará en el hogar y en el camino, desde ahora y para siempre” (Sal. 121: 7, 8).

Un gran grupo de estudiantes entusiasmados salió a caminar por Maracas Valley, pasando las montañas hasta la playa que estaba más allá. A pesar de tener muchas dudas, había dejado que me convencieran de ir.

-No te preocupes -dijeron mis amigos-. Tenemos guías que conocen el camino. No iremos tan rápido y te esperaremos si te cansas.

Estuve bien la mayor parte del camino pero, finalmente, con mi sobrepeso y no tan atlética como el resto del grupo, comencé a quedarme atrás. Con la emoción de pasar el día fuera del campus y la ansiedad de llegar a la playa antes que se hiciera demasiado tarde, todas las promesas fueron olvidadas y el grupo se alejó.

Al final, solo una persona quedó caminando conmigo. Luego de un rato, ni siquiera podíamos oír al grupo que iba adelante. Llegamos a una bifurcación en el camino y tomamos el que parecía más transitado. Solo para legar a un descenso escarpado cubierto de follaje y enredaderas. No había señales del grupo. Gritamos, pero no hubo respuesta, entonces, nos dimos cuenta de que habíamos tomado el camino equivocado. Dimos la vuelta, pero nos desorientamos. Estaba desanimada, exhausta y llena de pensamientos sobre estar perdida en la montaña. Me eché a llorar. Mi amiga me consoló y, cuando llegamos a un claro, me convenció que me sentara y descansara mientras ella exploraba los alrededores, buscando señales del grupo. Me parecía que ese claro tenía un olor particular, pero estaba demasiado cansada como para hacerme problema por eso, así que simplemente me senté. Mientras esperaba, recité salmos y versículos bíblicos de ánimo.

Después de lo que parecieron horas, mi amiga volvió acompañada de un grupo de búsqueda. Cuando el grupo había llegado a la playa y se había dado cuenta de que no estábamos con ellos, salieron a buscarnos. Era demasiado tarde como para ir por otro camino; entonces, descendimos por la pendiente traicionera. Me aferré de las enredaderas, me llevaron a caballito ¡y me deslicé un pedazo del camino sobre mi trasero!

Nos llevaron hasta el campus en una combi y llegamos después de la puesta del sol. Allí, nos encontramos con estudiantes sollozando y vigilias de oración por nosotros. Recién cuando llegamos, un guía me dijo que el claro donde había esperado era, probablemente, la guarida de un puma o algún otro animal salvaje que habitaba en esa zona. Agradecí a Dios por preservar mi vida, y decidí ser más cuidadosa y hacerle caso a las advertencias del Espíritu Santo. ¡Qué Dios maravilloso servimos!

ARDIS SICHANGWA


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