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Sacudido y limpio

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"Lávame de toda mi maldad y límpiame de mi pecado" (Sal. 51: 2).

Estaba de visita en Beira, Mozambique, para un entrenamiento de liderazgo. Mi hotel estaba a cinco minutos a pie de la playa. Me hice el tiempo para hacer una caminata cada mañana temprano y, al volver, caminaba por la playa arenosa y juntaba caracoles.

Mientras buscaba los más lindos, descubrí que las olas depositaban muchas otras cosas en la playa: palos, plásticos, papeles, botellas, restos de comida, pescados muertos, ropa y cualquier otra cosa que hubiera sido arrojaba al océano. También observé que, después del mediodía, la marea subía, y las olas se elevaban más y más. En el proceso, el océano era sacudido vigorosamente, y traía todos los artículos no deseados, muertos o sucios, a la orilla.

Un día, mientras caminaba, me vino a la mente el versículo de hoy; entonces, me pregunté: ¿Puede ser que, en las tormentas y las pruebas de mi vida, Dios en realidad me está limpiando de toda impureza? ¿Debería, entonces, quejarme cuando parece que mi vida está siendo sacudida vigorosamente?

Me di cuenta de que es el deber de Dios limpiar su creación de todas las impurezas. Él limpia las aguas cada día a través de las olas. Nadie entra en el océano a limpiarlo; el proceso es casi automático. Él limpia la tierra a través de las aves de rapiña, los cerdos, los gusanos, e incluso la lluvia. Limpia la atmósfera por medio de los árboles, que emiten oxígeno para que podamos respirar aire puro, fresco y vital. La tierra, el agua y la atmósfera pasan por estos procesos cada día, "voluntariamente".

También es parte del deber de Dios cuidar y limpiar a sus hijos de impurezas espirituales. Siempre está listo para comenzar el proceso en nuestras vidas, si se lo permitimos. La pregunta es cuánto estamos dispuestos a ser sacudidos como parte del proceso de limpieza. Muchas veces, somos rápidos para quejarnos cuando enfrentamos una tormenta en nuestra vida. Parece que el proceso de limpieza se vuelve tan doloroso para nosotros que no notamos que es para nuestro propio bien.

Quiero estar dispuesta a agradecer al Señor por las sacudidas de mi vida, porque están diseñadas para purificarme, para hacerme tan blanca como la nieve. Hoy le entrego mi corazón y digo: "Examíname, oh Dios, y sondea mi corazón, ponme a prueba y sondea mis pensamientos. Fíjate si voy por mal camino, y guíame por el camino eterno" (Sal. 139: 23, 24).

CAROLINE CHOLA


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