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El cuidado compasivo de Dios

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“Aun en la vejez, cuando ya peinen canas, yo seré el mismo, y los sostendré. Yo los hice, y cuidaré de ustedes, los sostendré y los libraré" (Isa. 46: 4).

Un dolor intenso, causado por heridas previas, pasó por todo mi cuerpo una mañana cuando trataba de levantarme de la cama. "Por favor, Padre Dios", rogué entre lágrimas por el dolor severo que me embargaba y me quitaba toda energía, "lo único que quiero es quedarme en la cama con las frazadas sobre mi cabeza, pero es sábado. Mi lugar es en la iglesia".

Todavía me sentía terriblemente mal, pero me vestí, entré en el auto y manejé 35 minutos hasta la iglesia. Sin embargo, cuando llegué descubrí que tenía que convencerme a mí misma para salir del auto. Tenía que entrar en la iglesia.

Era un día de oración y alabanza. Sabiendo esto, antes de salir de casa tomé tres libros, de varios que tenía sobre el tema. Saqué uno de los libros de mi bolso, pero lo volví a poner sin siquiera abrirlo y tomé otro. En retrospectiva, veo que mi Dios sabía exactamente lo que necesitaba en ese momento.

El librito se abrió donde había una foto de una versión más joven de mi misma entre las páginas. Ni siquiera sabía que todavía tenía esa foto, pero lo que fue aún más sorprendente fue el título de la página: "La vejez". Me acomodé en el banco y comencé a leer "No importa cuán anciano sea, tú quieres que dé frutos, Padre Dios. Gracias por una promesa que me anima cuando los dolores y las molestias me embarguen, y miedos sobre el futuro llenen mi mente [...] Que hasta mis últimos días glorifiquen tu fidelidad" (Andrew Murray, The Everyday Guide to Prayer, p. 112). El pasaje también hablaba sobre servir a Dios a través de nuestra obediencia y adoración, y que no debía marchitarme o desfallecer. Se nos aconseja agradecer a Dios por los frutos que ya nos ha dado: hijos, amigos y bendiciones espirituales.

No pude evitar las lágrimas mientras leía esa oración. Me sentí indigna y quebrantada, al pensar en nuestro gran Dios, el Creador del vasto universo, que pensó en mí: la insignificante yo. No pude evitar garabatear este testimonio de alabanza y servicio a él: "Cuando pienso en la ternura de Dios y en sus pensamientos edificantes hacia mí, lo alabo por recomponerme y elevarme cuando me caigo a pedazos. La fidelidad de Dios es grande para conmigo. Te amo, Señor Jesús. Mi deseo es servirte por el resto de mi vida".

MADGE S. MAY


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