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La pelota

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"Pues si ustedes, aun siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre que está en el cielo dará cosas buenas a los que le pidan!" (Mat. 7:11).

Un mes de agosto, la escuela en la que mi hijo estudiaba organizó una fiesta en honor a los papás de los estudiantes. Habría diferentes juegos y actividades; lamentablemente, mi esposo tenía un compromiso laboral que se superponía con el programa de la escuela. Nunca se había perdido ningún evento escolar, pero esta vez tenía que estar en otro lugar. Así que, me ofrecí para ir, aunque temía que el evento no sería lo mismo para nuestro hijo sin su papá. Cuando llegamos a la escuela y mi hijo vio a sus amigos con sus papás, decidió que no se quedaría. Entonces, mi esposo nos llevó a casa y luego se fue a su lugar de trabajo.

Después de un rato, decidimos volver a la escuela y participar en el programa. Cuando llegamos, nos dieron la bienvenida y vimos a otros niños cuyos papás tampoco habían podido asistir.

Cuando llegó el momento del sorteo, notamos que todos los premios eran pelotas: pelotas de vóley, pelotas de básquet y pelotas de fútbol. Mi hijo se entusiasmó cuando vio los premios y dijo que, si salía nuestro número, él querría una pelota de fútbol. Yo, que nunca había ganado nada, comencé a preocuparme y a orar. Cada número que sacaban era una aflicción. Mi hijo me apretaba la mano fuertemente, y yo sostenía el número 82 y oraba. Al recordar cómo había llorado por la ausencia de su padre, comencé a clamar a Dios, basándome en su preocupación incluso por las cosas pequeñas, ya que sabía que la pelota sería un consuelo para él.

Entonces, la persona que estaba sacando los números se detuvo por un momento, sacudió el sobre y, como en cámara lenta, anunció: "¡Número 82!" Nuestros corazones se aceleraron de gozo, y mi hijo y yo corrimos y recibimos la última pelota de fútbol.

El brillo en los ojos de mi hijo era intenso. Estaba muy feliz y mostró su pelota a todos. Yo le conté cuánto había orado para que saliera nuestro número y él estaba radiante de felicidad. ¡Tuvimos un domingo maravilloso!

Dios escucha hasta nuestros pedidos más simples e insignificantes. Lo que nos parece de muy poca importancia es importante para Dios, porque él nos ama mucho.

ERICA CRISTINA PINHEIRO DE SOUZA


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